Ya no va a ser mi querida abuelita la que continúe relatándonos las peripecias de su larga y provechosa vida, vistas desde su prolongada y serena vejez, pues ella murió, de repente, sin demasiado sufrimiento, tras dos breves internamientos de hospital, a pocos días de poder cumplir 97 años.
¡Su añoso corazón le falló…!
Gracias a Dios no sufrió en demasía (que es lo que quería ella y, por supuesto, todos sus familiares cercanos y lejanos, aunque ya no va quedando ninguno de su edad), pues su larga vida ya le había proporcionado bastantes buenos momentos y calvarios, incluyendo los partos en casa, como a cualquier mujer de su época que se precie. Como sé que yo era una de sus nietas preferidas, ya que intimé con ella por mi proximidad a su domicilio y por la relación cercana que siempre tuvimos; y, especialmente, por haber estado alguna temporada de verano disfrutando de ella, las dos solas, en su propio piso, donde me contó mil y una confidencias de toda su vida desde su tierna y traviesa infancia, pasando por su comedida adolescencia, noviazgo y casamiento de su época; y siguiendo por los partos, nacimientos y crianzas de sus hijos, así como de muchas de las sabrosas andanzas de sus nietos y biznietos.
En esta última etapa de su vida, viuda desde hacía veinte años, fue relatándome pormenorizadamente, con esa memoria prodigiosa que poseía y ese amor genuino por ser transmisora fiel de todo lo bueno y lo malo que su familia de nacimiento y casamiento le proporcionó (ella no tenía tapujos en contármelo todo, fuese del calibre que fuese…), su vida y la de su familia tanto materna como paterna y la de mi abuelito, su marido, también, en tiempos de la guerra civil, pues él para ese tema fue siempre muy hermético y reservado. ¡Lo pasó tan mal en la capital de la España republicana! Tengo anotadas, gracias a ella, multitud de anécdotas y batallitas (o batallas en toda regla), en Úbeda, además de la que pasó mi abuelo en Madrid, antes de conocerse y ennoviarse, que quedaron marcadas para siempre en su providencial memoria, que la tuvo intacta hasta el mismo momento de fallecer. Tengo tanto material que me saldría más de un sabrosísimo libro, si me pusiese manos a la obra. No sé si tendré tiempo para hacerlo con lo liada que estoy hoy en día por el dichoso tráfago de la vida occidental que nos están montando, cada vez más complicado e impersonal, teniendo trabajo fuera de casa y crío-educando a mis hijos conjuntamente. ¡Quién tuviera la suerte y la entereza que ella tuvo en este tema y otros muchos…!
Voy a ser yo, por tanto, quien le dé forma y contenido a este último capítulo del libro que se ha ido conformando con todos los capítulos anteriores que ella ha expresado a la buena de Dios, deslavazadamente, a la pata la llana, aunque primero iré contando cómo se produjo el óbito y el hecho extraordinario que ocurrió en el mismo momento de su muerte o fallecimiento.
Estaba internada en el hospital de Úbeda, pues había sido trasladada del de Linares a petición de sus hijos para poder atenderla mejor ya que sus domicilios estaban enclavados en aquella ciudad.
Todo comenzó cuando le empezó a fallar su añoso corazón, aunque ella no le daba importancia a nada, o al menos eso es lo que nos quería transmitir para que no nos preocupásemos. Vivía sola en su hermoso e inmenso piso y no se aburría nunca (como le había pasado siempre, incluso en su infancia; ¡cuántas anécdotas no nos contaría a todos y especialmente a mí!), pues siempre fue una mujer ocupada (así era la educaron en su época; una mujer de su casa que sabía hacer de todo), que le faltaba día para llevar a cabo todas las cosas que tenía programadas y eso que ella era un reloj y se acostaba más bien tarde: de las 12 de la noche en adelante y a las 8 u 8 y media ya estaba en pie, pues sus necesidades fisiológicas (como ella remachaba siempre) la echaban de la cama tan temprano.
Ella fue lo más autónoma posible hasta última hora, pues compraba, se cocinaba, llevaba su casa sin apenas ayuda: solo una vez a la semana venía un par de horas la limpiadora, pero ella le acompañaba en la limpieza o le programaba lo que debía hacer siempre complementándolo ella y con una supervisión especial. No se fiaba de nadie pues era ella la que tenía que dar a todo el visto bueno. Pero claro, desde que enviudó a los 76, que estaba tan fuerte y saludable, siempre aparentando mucha menor edad de la que tenía, pues heredó de su madre un tipo de tersa piel en la que casi no se le producían arrugas a pesar de su avanzada edad. Hasta los médicos, cuando la visitaban, siempre le decían los mismo: «¿qué tenemos que hacer nosotros para llegar tan bien a su provecta edad…?»; y ella se ponía más ancha que larga. No siempre fue así, pues pasó una racha larga de años en que no le gustaba decirle a nadie la edad que tenía, pues eso denotaba que iba envejeciendo paulatinamente y sin remedio. Pero llegó a una avanzada edad en que le cambió el chip y entonces era ella la que le preguntaba al médico, ATS o enfermero, o con quien charlase, que le dijese la edad que le echaba, equivocándose todo el mundo de cabo a rabo, pues siempre aparentaba quince o veinte años menos… Fueron veinte años de viudedad plena que ella disfrutó gracias a que tenía muy buena salud física y, sobre todo, mental, pues nunca le conocimos depresión ni nada que se le pareciese y motivos seguro que tenía más que suficientes para padecerla, con lo que se complica la vida en la vejez y más cuando van mermando las fuerzas físicas y mentales y las enfermedades están agazapadas para saltar sobre una como un gato montés hambriento…
Paso a recordar cómo la última noche que se quedó su hija mayor de guardia, al decirle ésta a la enfermera que su madre se encontraba muy nerviosa y que le diese algo para calmarla. Lo que hizo, pero que con la edad avanzada que tenía, a punto de cumplir los 97 años, todos pensamos que aquello aceleró su muerte y la liquidó irremisiblemente…
Cuando el resto de la familia íntima subió al hospital para ver lo que había pasado y despedirse de ella, aún se encontraba el cuerpo caliente de haber fallecido hacía poco, aunque lo que ocurrió exactamente fue lo siguiente. En cuanto muere una persona la retiran. Acudimos a recogerla en otra parte del hospital, en los bajos. Venía desnuda (o así lo recuerdo yo) envuelta en una sábana. Y aun estaba tibia, aunque ya no estuviera viva. ¡Qué poca cosa somos! Yo sentí como si la recibiéramos en un nuevo nacimiento. Como comadronas del Más allá…
Yo estuve, en momentos anteriores, sola haciendo guardia con ella y como los médicos y enfermeras le decían que no podía beber agua ni ningún líquido, pues se pondría peor de su dolencia, al final ella (tan inteligente y práctica siempre) me engañó, como era de esperar de su intrépido y valiente carácter, tragándose un buche y diciéndomelo después. Hasta última hora nos estuvo sorprendiendo a todos, especialmente a mí…
No tengo más remedio que contar también la incógnita llamada telefónica que se produjo en el hotel de Úbeda donde paraban su hijo mayor y su esposa, a eso de las siete de mañana, pues cogió el teléfono su nuera y al no entender lo que le decía una voz de mujer, colgó y bajaron rápidamente a recepción para preguntar por esa llamada. La respuesta fue sorprendente. Les dijeron que allí no había llamado nadie ni dejado huella ninguna ni pudieron saberlo. Esa llamada no había pasado por la centralita como era de suponer… Lo curioso es que, por entonces, tenían que llamar siempre primero a la centralita del hotel para que pasaran la llamada a las habitaciones… Aquello fue un misterio, como la vida misma de mi querida abuelita, que se quedará para siempre anillado al momento de su fallecimiento y/o despedida de este mundo… Pronto marcharon los dos al hospital en donde se enteraron de la mala noticia: su madre había fallecido y parecía premonitorio el aviso de lo que estaba ocurriendo, en esos momentos, en el hospital con la vida de mi abuelita…
No quiero que se me olvide contar también el sueño feliz que tuvo mi madre, una de las veces, cuando soñaba plácidamente con su padre, fallecido hacía bastantes años, y cuando ella le preguntaba cómo estaba, él le contestaba que muy feliz y muy a gusto en el lugar en el que se encontraba.
¡Seguro que ahora estarán los dos tranquilos y felices en ese Cielo de los cristianos en el que tanto creemos nosotros, sin dolores físicos ni mentales por ningún sitio…! ¡Qué delicia!
Una buena amiga mía, muy inteligente y locuaz, por cierto, me comentó dos interesantes ideas sobre la vida que no quiero que queden fuera de este capítulo por su hondura y sagacidad.
Una: “Atravesar la vida”; …Y yo que creía que la vida es la que nos atraviesa a nosotros. La vida sería como una banda ancha y larga y nosotros iríamos pasando como en una cinta de supermercado o en unas escaleras eléctricas que no vuelven sobre sí mismas, que continúan de manera infinita, y detrás de nosotros sigue pasando más gente, pero en este caso por la misma cinta, por las mismas “vistas”. Es como si todo se repitiese una y otra vez: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte.
Dos. Por el contrario, si “la vida pasa por nosotros” es ella la que nos mueve y nos zarandea a su antojo, pudiendo acabar fuera de ella, distorsionados o mutilados y, en ese caso, la vida sería como una banda ancha y larga pero de velcro y en movimiento no lineal, sino ondulado, en espiral, subiendo y bajando, en zigzag…
Estas agudas e imaginativas reflexiones me van a servir para cerrar este capítulo y este libro que verá su luz en un futuro, espero que no muy lejano, si Dios quiere…
Sevilla, 5 de abril de 2026.
Fernando Sánchez Resa
