¡Qué maravilloso día nos proporcionó mami el sábado, 28 de marzo, a mi hermano Abel y a mí, también al ío! ¡Nunca sabremos agradecerle todo lo mucho que hace y programa para nosotros, desviviéndose para que seamos muy felices acompañados -siempre que se pueda- de nuestros mejores amigos…!
Soy Saúl y estoy en primero de primaria. Tenía muchas ganas de contar las peripecias, vivencias y emociones que hemos vivido en este día intenso, soleado y hasta caluroso para la fecha en la que nos encontrábamos, tras las intensas y diluviales lluvias de este pasado invierno (con la inestimable ayuda, claro, de mi querido ío).
Nunca habíamos estado en este maravilloso lugar onubense, ninguno de los cuatro que fuimos en nuestro coche, pero lo vivimos con una intensidad y largueza extraordinarias…


Mami, aprovechando que su simpática amiga Elena, buena y asidua visitadora y conocedora de este lugar de ensueño, estaba preparando una visita con su familia y los amigos de su hijo Jose, compañero de quinto de primaria y amigo de mi hermano Abel, nos apuntó a los cuatro para que fuese un premio de fin de trimestre, bien merecido, supongo, que por las excelentes notas que habíamos sacado los dos en el cole, en este segundo trimestre del curso escolar 2025-2026. ¡Ha venido que ni pintiparado, como diría mi ío…!
Amanecimos temprano levantándonos pronto, pues al no ser día de clase, nuestro cerebro nos manda abandonar la cama más temprano de la cuenta y con más ímpetu que cualquier día escolar…

Nos aseamos, desayunamos y nos vestimos cómodamente, aunque nos costó salir de casa…, para echar un día de excursión que recordaremos por mucho tiempo. Ya mami, principalmente, y la ía habían preparado la comida y los bártulos necesarios para que el día se desarrollase lo más redondo posible. Entre ellos estaba el líquido antimosquitos que había que echarse para no ser castigados por esos maléficos bichitos. Ahí llegó la primera sorpresa. Cuando el ío abrió el bote que tenía guardado mami resultó que se había evaporado. ¡Qué le íbamos a hacer! De todas formas Elena había avisado que no nos preocupásemos, pues ella lo compraría para todos los excursionistas y nos lo echaríamos cuando llegásemos… Menos mal que ese día tuvimos suerte, pues no hubo mosquitos, por lo que no tuvimos que lamentar ninguna desgracia personal de ese tipo. Nos habían advertido que estos insectos hasta pican a través de la ropa, pues serán especies invasoras… ¡Qué voraces son…!
Finalmente, salimos tranquilamente de casa camino de la cochera sobre las diez de la mañana, pues como había una hora o así de camino queríamos llegar los primeros a nuestro punto de encuentro: el Centro de Visitantes de Doñana. Lo que conseguimos, seguidos muy de cerca -o casi a la par- por Álvaro y Steffi, padres de Lucca y Lea- que traían a Bárbara, una amiga brasileña y su hijo Fernando.

Aparte de poner el GPS en nuestro coche para llegar bien al lugar acordado, durante el trayecto, mami fue recibiendo mensajes por WhatsApp del grupo de amigos excursionistas de cuándo salían de Sevilla, cómo estaban y dónde iban desplazándose según necesidades, usos y costumbres de cada familia. Mi hermano Abel, como le gustan tanto las pantallas, las bromas y las competiciones (como a cualquier niño que se precie), siempre le preguntaba a mamá lo que le decían y si íbamos a ser los primeros en llegar. ¡Su ansia de ganar era y es imparable…!
Tras salir de Sevilla por la autovía de Huelva y Portugal, que estaba muy concurrida, por cierto, llegamos a la primera desviación para coger la carretera del Rocío y el Coto de Doñana, juntamente con los pueblos de su comarca. Esta parte de la carretera provincial o comarcal estaba en obras y con abundantes señalizaciones de reducciones de velocidad drásticas para que no se produjeran accidentes. El ío, que fue el conductor, las siguió a rajatabla. El paisaje cambió radicalmente y ya intuíamos y olíamos la marisma onubense con suma intensidad.
Por fin llegamos al lugar de encuentro acordado y aparcamos a las puertas del Centro de Interpretación. Allí había un inmenso espacio arbolado con mesas para sentarse y comer con amigos tranquilamente a la sombra y, además, espacios libres para ejercer nuestro deporte favorito: el fútbol… Estábamos deseando vernos y empezar nuestro periplo, incluido el partido de fútbol que nunca puede ni debe faltar entre nosotros. A mí me gusta mucho ser el portero de mi equipo y a mi hermano, delantero… En el primer momento Jose y Lucca se estaban enfrentando en una partida de ajedrez sumamente interesante. Yo ya voy entendiendo este inteligente y divertido juego…

Primero llegó Fernando, un niño poco mayor que yo, muy amante de la naturaleza, pues llevaba lupa y recipientes para cazar bichos de este coto y con el que intimaríamos mi hermano y yo a lo largo del día, mientras íbamos viajando en el autobús (estilo Land Rover) que había llegado en el coche de Álvaro con su madre, luego fueron llegando Elena y Jose (padre e hijo) con Lucca. Atravesamos las instalaciones del Centro de Interpretación y nos adentramos por los distintos recorridos que nos salían al paso con las diferentes pasarelas de madera y sus respectivos refugios para observar los animales que por allí viven y los variados carteles anunciadores. Íbamos principalmente para poder observar al lince ibérico del que hay un par de ejemplares por esos lugares, aunque nos topamos con huellas animales de todo tipo de las que Álvaro, como buen entendedor y amante biólogo, daba las explicaciones pertinentes para que las entendiésemos los niños. Podían ser de gamos o ciervos y por supuesto de las muchas aves que anidan o viven por esos lares. Nos dijeron que había mucha víbora, pero tuvimos la suerte de no encontrarnos con ninguna de ellas. El grupo se iba dividiendo o fraccionando conforme avanzábamos, mientras admirábamos el bonito paisaje con diferentes tonalidades verdes, marrones, malvas, etc., que se nos mostraba en el horizonte y los niños nos íbamos buscando unos a otros, aunque los mayores siempre se creían más importantes y chulillos ante los pequeños como yo… Posiblemente me pase a mí lo mismo cuando yo sea y ejerza de mayor…
Como llegamos a las once y anduvimos bastante tiempo al comprobar que se nos hacía tarde tuvimos que volver al merendero para comer por nuestra cuenta cada familia, aunque allí también había restaurante, pero nuestras madres prefirieron llevar nuestra comida hecha por rapidez y economía.


Nos fuimos volviendo por turnos o arreones, pues nosotros cuatro (mami, Abel, el ío y yo) veíamos que se echaba el tiempo encima, ya que teníamos que volver a coger nuestro coche (y cada uno de los diferentes subgrupos lo mismo) para hacer la comida del mediodía y después desplazarnos a la aldea de El Rocío donde teníamos concertada una visita a las cuatro de la tarde.
En el recorrido de vuelta nos encontramos con Maribi y sus dos hijos: Bianca y mi compañero de clase, Mauro, con el que luego estuve muy compenetrado en el autobús viajando ambos en asientos contiguos. Ya, casi al final del recorrido de vuelta, nos encontramos con Rocío (que trabaja aquí y sabe mucho de todo esto) y sus dos hijos, Matti y Vera, volviéndonos todos en comandita hasta llegar al merendero. Allí cada familia fue sacando sus alimentos y bebidas particulares y aposentándose en distintas mesas para que la convivencia fuese más bonita y perfecta. Siempre en estos casos la comida o bebida que trae la otra familia que no es la tuya es mejor que la propia. Nos pasó como a mi bisabuelo Pepe Latorre que contaba que de pequeño o muchacho en su casa de Madrid le echaban unas tortillas de patatas con poco huevo y muchas patatas y a las de sus amigos más pudientes eran todo lo contrario: tortilla con mucho huevo y pocas patatas. Y tanto unos como otros se las intercambiaban porque la del otro estaba mucho más rica que la que venía de casa… ¡Qué poco ha cambiado el mundo desde entonces! Nosotros no es que nos lo cambiáramos pero picamos de todo un poco… ¡Las chocolatinas de Vera nos hicieron la boca agua; las patatitas de bolsa, también…!


¡Ah! y nos echamos un buen partido de fútbol, una vez que Jose terminó la partida de ajedrez ganándole a Lucca… Yo estuve de portero y paré lo que pude. Mi hermano (de delantero) no tenía compasión con mi equipo ni conmigo, tiraba a puerta a muerte, los demás también.
Tuvimos que interrumpir el partido, con gran cabreo de nuestra parte y de todos los jugadores, porque ya todos habían terminado de comer y teníamos que marcharnos urgentemente para estar a tiempo en El Rocío. Antes de salir vimos cómo llegaban dos o tres autobuses Land Rover para llevarse a unos viajeros que harían el recorrido por la zona sur y marítima del Coto, mientras que nosotros (todos) habíamos apalabrado la visita de la zona norte. También nos enteramos después que yendo a Sanlúcar de Barrameda se puede coger un barco que te cruza el río Guadalquivir y te hace otro recorrido precioso por el Coto de Doñana. Lo habremos de tener en cuenta para recorrer los dos bonitos recorridos que nos faltan por hacer, una vez que este recorrido, por la zona norte, tanto nos ha gustado…


Volvimos a coger el coche y desandamos unos doce kilómetros para adentrarnos en esta aldea tan famosa por las romerías que se organizan durante gran parte del año, especialmente la que toca en mayo: La de la Blanca Paloma.
Quedamos todos impresionados, incluso los mayores, porque esta población no tenía ninguna calle asfaltada al estilo urbanita sino que por el contrario todo era arena e instalaciones en las casas preparadas para que el caballo sea el dueño y señor de este espacio único…
Cuando llegamos, aparcamos en un lateral de una calle (de arena, por supuesto), y localizamos dónde íbamos a salir para la visita-turné. Mientras nos dirigíamos allí, encontramos a otro compañero de clase, Leonardo, que estaba terminando de comer con su familia, en uno de los soportales de las casas características de este típico pueblo de la marisma onubense…


Cuando llegaron las cuatro de la tarde nos llamó Pablo, que fue nuestro simpático guía y que nos hizo pasar cuatro horas, no tres que era las que había programadas, muy agradables y entretenidas (de 4 a 8 de la tarde), para que cogiésemos el autobús de 24 plazas que nos correspondía. Otra anécdota graciosa que le ocurrió al ío fue la siguiente: como ya estábamos casi todos ante la entraba del autobús Land Rover, entonces llegó el ío solo y el guía le preguntó lo que quería, tildándolo de señor, ya que iba con su sombrero que, en verdad, parece un señor rico y de bien, de hecho muchos pedigüeños en Sevilla, se dirigen a él, con mucha prosopopeya, porque piensan que es rico y potentado, ¡craso error!. Entonces el ío le contestó que él iba en ese grupo y que era “el abuelo del grupo”, aunque todos los demás fueran niños, infantes y mujeres y hombres de mediana edad. A todo el grupo le hizo mucha gracia…


Comenzamos el recorrido circunvalando la aldea pasando por lugares característicos como la basílica, donde se encuentra la Blanca Paloma, y diversos bares o casas típicas del lugar hasta adentrarnos en el parque con las sabias y doctas explicaciones del guía que nos hacía a todos muchas preguntas, dándose él mismo las respuestas, casi siempre, y al que muchas veces ni le hacíamos caso quitando cuatro o cinco mayores que estaban en primera fila, que le hacían el refuerzo de sentirse útil facilitando gratuitamente sus varios datos y múltiples explicaciones que nos fue dando a todos. Yo me enteré de bien poco, como la mayoría de los niños que íbamos en otra bola admirando el paisaje o charlando con nuestros amigos y compañeros más cercanos, aunque eso sí, cuando nos avisaba que había algún animal o ave por el entorno en el que circulábamos sí que mirábamos por la ventana para no perdernos detalle. Por eso vimos muchas aves y animales salvajes, especialmente a la hora del anochecer que nos causaron mucha sensación. Hicimos dos paradas: una en una carretera estrecha que atraviesa la marisma y cuyo asfaltado deja mucho que desear, pues, especialmente veíamos al guía, que fue todo el trayecto de pie, cómo bajaba o subía ostensiblemente cuando atravesábamos los socavones que hay por doquier. Nosotros, al estar sentados, lo sobrellevamos mejor…


Allí nos paramos y sacó un telescopio o como se llame para poder observar a las aves que se encontraban lejos y en su entorno, acercando el objetivo, puesto que estaban tranquilamente pastando o solazándose en el horizonte lejano. Empezamos observándolos los niños y luego, hasta los mayores se animaron a hacerlo saboreando esos bellos momentos cual si fuésemos todos expertos biólogos, grandes y amantes observadores de la agradable naturaleza que nos rodeaba.
La segunda parada la hicimos en otro recinto en el que había bancos, espacio libre y techado, juntamente con servicios para descansar un rato y poder tomar un nuevo tentempié con el que resistir la larga y provechosa tarde que nos brindó nuestro guía, enseñándonos pormenorizadamente que conocía aquello como si fuera la palma de su mano… Además nos estuvo enseñando dibujos de los múltiples animales acuáticos que van y vienen de África o Europa o tienen a Doñana como su domicilio habitual…

Observamos que la marisma estaba llena de agua cristalina que rielaba con los rayos del sol en algunos momentos, gracias a las últimas lluvias de este invierno. La zona boscosa también gozaba de una salud campestre envidiable.
Otra anécdota que protagonizamos cuando estábamos terminando el recorrido, ya próximos a la aldea de El Rocío, es que vimos que un Land Rover más pequeño que el nuestro había embarrancado en la arena y se veían a todos sus ocupantes fuera de él andando por el lateral del camino en dirección a la aldea, mientras que llegase otro coche de relevo que, por cierto, nos lo cruzamos cuando entrábamos en la población.
Iba anocheciendo rápidamente por lo que, cuando llegamos al mismo lugar de partida, bajamos todos a tierra y empezamos a despedirnos, pues cada familia tenía su coche que coger y sus planes que ejecutar para llegar a Sevilla o a donde se terciase. Por eso, una del grupo, Reyes, tuvo la acertada y sabia idea de que nos agrupásemos ante el autobús en el que habíamos viajado e inmortalizásemos el momento con una foto de familia que guardaremos todos como oro en paño y que nos servirá siempre de recuerdo imperecedero del buen día que echamos de convivencia, con amigos y de visita a este soñado parque Doñana, donde los atardeceres y amaneceres son de ensueño. No pongo la mencionada foto pues estamos muchos menores y con las nuevas leyes no se puede ni debe hacer…
Fuimos en busca de nuestro coche, siendo ya de casi de noche, y una vez puesto el GPS, con nuestro domicilio sevillano, marchamos de vuelta por esas carreteras comarcales y nacionales que desconocíamos, y más en la oscuridad, hasta empalmar con la autovía Huelva-Sevilla que nos trajo rápidamente (bueno en una hora, más o menos), a nuestra querida casita, mientras yo ya me echaba una pequeña -o casi grande- cabezadita.
¡Muchas gracias, mamaíta, por este regalo, te quiero tanto! Esperemos sacar buenas notas al finalizar el curso y que nos vuelvas a invitar a hacer las otras dos visitas que nos quedan del Parque Doñana y que referí anteriormente…
Sevilla, 5 de abril de 2026.
Fernando Sánchez Resa
