Poco tiempo ha transcurrido desde que estuvimos allí la vez anterior (quince días, exactamente) y ya volvemos a nuestro “paraíso terrenal” (como le llama el ío, sabiamente), sus razones tendrá. Se las tengo que preguntar, aunque las intuyo, pues es un sitio tan atractivo para nosotros y los mayores urbanitas, que lo requetevisitan y patean, en donde la naturaleza y la vida que nos rodean por doquier nos dan un abrazo muy fuerte, además de que allí se come de miedo, lo digo yo que siempre tengo buen apetito y no soy demasiado delicado…
Me presentaré: soy Abel (hermano de Saúl), tengo diez años y estoy estudiando quinto de primaria. Yendo de camino hemos pasado por El Remolino (que está poco antes de llegar a Riscos Altos, en la misma carretera que sale de Cazalla de la Sierra, pero a la derecha), el centro al que iremos mi curso -en junio- para pasar un día y una noche. Ya voy estando nervioso a la vez que ilusionado con ello. Veremos cómo se me da. Menos mal que iré con mis buenos amigos y compañeros de la clase.


Salimos de casa a las diez de la mañana para coger nuestro coche rojo, no sin antes ponerle pegas a este viaje programado por mami (como nos suele pasar a menudo…), para luego, cuando lo finalizamos, alegrarnos de haberlo hecho. Menos mal que -al final- razonamos y no nos perdimos este sabroso regalo inmaterial.
El GPS nos llevó por las calles que conectaban Sevilla con la carretera de la Sierra Norte de la provincia. La mañana estaba estupenda, con un sol y una brisa para disfrutarlos intensamente, de manera que en hora y media -aproximadamente- nos plantamos en nuestro lugar de destino, no sin antes preguntarnos Saúl, unas cuantas veces, cuántos kilómetros o tiempo quedaban para llegar a nuestro destino, hasta que, por fin, mi hermano se durmió plácidamente.


Cuando llegamos a Riscos Altos nos instalamos en el mismo apartamento que la vez anterior y descargamos el coche. Aprovechamos para respirar el aire fresquito de la sierra y oír el silencio y el dulce piar de los pájaros cantores, además de otros sonidos de los animales que la habitan. Nos dimos un tranquilo paseo y nos sentamos al fresquito para leer y charlar un rato, también nos tomamos unos pistachos, unas nueces pecanas y media libra de riquísimo chocolate italiano -que parecía de Ferrero Rocher, pero con un toque delicioso de naranja-, que nos había regalado Ana Estrades, una buena amiga de mamá de su período universitario. ¡La boca se nos hizo a los cuatro (mami, Saúl, el ío y yo) agua dulce!


No faltaron Pocholo y Sombra (los dos simpáticos cancerberos de esta finca) para darnos la bienvenida, especialmente, el primero que tiene más vitalidad y menos edad, como si fuéramos sus mejores amigos.
Nos enteramos de que no íbamos a estar solos, sino bien acompañados por un simpático grupo de cordobeses, constituido por cinco parejas jóvenes con sus respectivos descendientes: ocho infantes, de edades aproximadas más a la de mi hermano que a la mía. Algunas niñas destacaban con su simpatía y amabilidad, como suele pasar con los mayores… Nada más conocernos se acercaron varios de sus componentes infantiles para presentarse y ofrecer poder integrarnos y jugar con ellos. Siempre es agradable encontrarse con personas así que no vienen a estos lugares con su círculo cerrado de amistades ni excluyen al que allí se encuentra, como nos ha pasado alguna vez…
El comedor ya estaba preparado para albergar a los veintidós componentes de este turno. La comida del medio día, como siempre, fue sencilla, pero campera y exquisita. Al menos a nosotros así nos lo pareció, pues el hambre pedía su calma inmediata: los aperitivos; el pan tierno; las deliciosas patatas cocidas con mayonesa; la fritura de acelgas con ajos fritos; el arroz caldoso con carne de la casa en abundancia; y el postre de mandarinas bien que lo consiguieron…


Poco antes habíamos sorprendido a Carmen, la dueña de esta finca, cortando un buen manojo de acelgas frescas, tan pancha, a la que saludamos efusivamente, tras su operación de cadera, alegrándonos de que ya estuviese incorporada en su medio natural y más amado, como si no hubiese tenido esa intervención quirúrgica hace tan poco tiempo; ¡qué fortaleza física y mental la suya…!
¡Ah!, también el ío felicitó por teléfono a su hermana Toni, pues era su redondo cumpleaños: 78, ni más ni menos. No sé si yo llegaré a esa avanzada edad…
Después nos subimos al apartamento para lavarnos los dientes y descansar un rato, pues a las cinco menos cuarto quedamos para lo que en verdad habíamos venido: “Elaborar dulces de Cuaresma”…
La tarde se fue tornando nubosa y nos chafaría el poder mirar a las estrellas cuando se nos echara la noche encima. No llegó a llover como la vez anterior que estuvimos aquí, pero el cielo y el ambiente campestre tenían una belleza y aspecto especiales…


Llegada la hora nos reunimos todos los infantes y algunos de sus padres o familiares para elaborar tres tipos de dulces propios de la fechas en que estamos (La Cuaresma), anterior a la Semana Santa: torrijas, flores y roscos, aunque estos últimos no llegamos a elaborarlos, sí los dos anteriores.


Ricardo, el hijo de Carmen, que ya vemos y comprobamos va teniendo bastante mano para los niños, nos fue dando una pequeña charleta en forma de preguntas y respuestas -nuestras o de él mismo- sobre las torrijas y los dulces de Cuaresma. Lo resumo fácilmente: esta receta viene desde los romanos y ha ido dando tumbos y reformulándose a lo largo de los siglos hasta que ha llegado a ser un alimento estrella en esta época del año en la que hay varias fechas en las que no se debe comer carne y, sin embargo, ser un alimento contundente que calma el hambre con buenos ingredientes y sirve para cumplir el precepto católico de la abstinencia de la carne.


Ricardo nos dividió en tres grupos a los niños y niñas de manera que unos preparamos torrijas empapadas en leche de dos tamaños, que luego se fueron mojando en un cuenco donde batimos cuatro huevos cada grupo, para terminar cocinándolo al fuego el director de orquesta de esta actividad, pues los infantes teníamos que tener cuidado con el fuego y el aceite hirviendo… Otro grupo hizo las torrijas de canela o vino y otros de chocolate con lo que todos nos sentimos contentos de ver que estábamos aprendiendo a ser cocineros de dulce en una sola tarde. Por si le fallaba la memoria a Ricardo tenía las recetas de todo lo que íbamos a hacer plastificadas, que más de un mayor fotografió para hacerlas en casa.
Luego llegó la elaboración y fritura de flores mezclando la harina y algo más para empapar el molde metálico que tenía su mango de madera para meterlo directamente en la sartén al fuego fuerte.

Como los niños (y los mayores también) somos tan impacientes quisimos que todo se hiciese pronto y que estuviese para comérselo al momento. Aunque todo tardó su tiempo, al final, todo el grupo de los veintidós comensales probó más de una vez tanto las torrijas fritas como las flores que hicieron la delicia de todos y que suponíamos iba a peligrar la cena si quedábamos demasiado ahítos. Un día es un día… Pero no, pues aunque terminamos a las seis o así de elaborar los dulces, en buena lid, Ricardo sugirió que la cena fuese a las nueve de la noche para que hubiese tiempo de digerir todo lo engullido en esta sesión, pues más tarde, podía ser que se durmiese la gente menuda antes de hacerlo.
Los cordobeses se marcharon a Cazalla de la Sierra en sus coches, al igual que lo habían hecho por la mañana a otro pueblo para pasarlo bien y hacer turismo productivo. Nosotros preferimos quedarnos en Riscos Altos, pues veníamos a descansar y no queríamos más trasiego de viaje y kilómetros, aunque bien que nos lo ofrecieron amablemente.
Mientras, estuvimos paseando un rato y sobre todo leyendo en nuestro apartamento cuando se fue acercando la caída de la noche.


Cuando llegó la hora de cenar, con noche ya cerrada y oscura, bajamos los cuatro con nuestras respectivas linternas; mi hermano con una de dinamo muy chula que se compró mamá en Decathlon y yo con la linterna del móvil del ío. Como ellos (mami y Saúl) se bajaron antes porque ya nos estábamos poniendo tontillos nosotros dos, tuvieron la suerte de encontrarse en el camino un sapo que iba arrastrándose por el carril de bajada y lo apartaron cariñosamente para que nadie lo machacase por casualidad o imprudencia, haciéndole expresamente la advertencia de que podía perecer por ese camino…
La cena también fue estupenda. Nosotros cuatro llegamos primero, pero al ratillo llegaron nuestros compañeros cordobeses. El queso añejo de la casa, la sopa de fideos (que bien acabamos el cuenco entre los cuatro, repitiendo más de una vez), unas patatas fritas de lío (con lo que nos gustan a todos), con algún complemento o aderezo, colmaron nuestras ansias de cenar, que no eran tantas como otras veces, pues la merienda tardía y contundente hizo su mella en nosotros y supongo que en el resto de los niños también.


Carmen tuvo la deferencia de acompañarnos en la cena sentándose en la cabecera de nuestra mesa con el fin de tomarse una cerveza y charlar distendidamente con nosotros, especialmente con mami y el ío. Se les veía a ellos alegres y contentos hablando de sus cosas de mayores tan alegremente…
Después llamé a mi padre para preguntarle cómo iba el Sevilla -que jugaba en casa- contra el Valencia, en el único sitio que hay cobertura telefónica, pero no me lo cogió. Luego me enteraría, por la mañana del domingo, que perdió en casa dos cero. ¡Qué horror…!
Subimos los cuatro desde el comedor a nuestro apartamento con nuestras linternas. De todas formas había algunas farolas encendidas en el camino y otras que se encendían cuando parábamos junto a ellas.
Nosotros estábamos bastante cansados del ajetreado día que llevábamos y nos acostamos pronto, distribuyéndonos por parejas, como siempre. Mientras, estaban los niños con sus linternas deambulando por los alrededores y supongo que jugarían a Las Tinieblas (que era a lo que nos habían invitado al mediodía para la noche), con todo apagado. Yo solo llegué a soñarlo. Mi hermano Saúl ni eso, pues cayó en la cama con un sueño profundo que le duró, como a mí, toda la larga noche.



Al día siguiente teníamos que madrugar, como si fuese día de escuela: sobre las ocho, pues a las ocho y media estábamos citados abajo para hacer un buen desayuno ya que a las nueve y cuarto llegaban de Cazalla de la Sierra Antonio y una prima de su sobrino Enrique que está de prácticas, para ordeñar a las cabras, ya que los cabritillos o chivitos ya no estaban con ellas, y la leche no se debe perder con lo rica que está hecha queso de la casa, mientras que Enrique estaba en Barcelona para hacer una matanza. Todo esto nos lo explicó su tío Antonio, mientras hablaron un buen rato con él, mami y el ío, por su larga experiencia del campo y los animales y por el amor y el cariño que le tiene a ambos, lo que le hace estar jubilado, pero en funcionamiento para todo lo que se tercie. A sus 67 años está pero que muy juncal y bien de salud, como pudimos comprobar…


El domingo amaneció un día espléndido de luz y color con un sol radiante que daba ánimos a todos los pernoctadores de Riscos Altos. Tras el desayuno pantagruélico de tostadas varias con mantequilla, manteca colorá, mermelada de higo, tomate en biscoletillas y leche con colacao, nos subimos para arriba con el fin de ver nuevamente a los animales de esta finca y enterarnos de cómo se ordeñan a las cabras con la ordeñadora. Lo que comprobamos -incluso en nuestras propias manos- que no hacía daño ninguno a las cabras, una vez colocadas y trabadas en la máquina para que no diesen patadas o cabezazos a nadie.
Los excursionistas de Córdoba capital se fueron la mayoría de excursión hacia arriba camino de los montes (ellos venían con plan muy distinto al nuestro), mientras nosotros cuatro volvimos al apartamento para lavarnos los dientes, terminar de empaquetar e irnos tranquilamente a nuestra querida Sevilla, donde nos estaba esperando la ía con su paella encargada que tanto anhelamos todos los domingos y fiestas de guardar.


El viaje lo hicimos estupendamente con el sol radiante en el firmamento mientras mi hermano se dormía en el camino hasta que llegamos cerca de Sevilla. Era tan bonito ver el paisaje, mayoritariamente verde, que no nos aburrimos en todo el viaje atravesando campo y varias poblaciones: Cazalla de la Sierra, El Pedroso, Cantillana… hasta que desde el horizonte lejano divisamos la silueta de la Torre Pelli y el puente de la Barqueta que por la perspectiva que teníamos parecían estar al lado una del otro…


Entramos en nuestra ciudad tranquilamente, como triunfadores, incluso antes que otras veces. El ío nos dejó en casa de la ía, pues teníamos muchas ganas de verla, aunque para la buena verdad también deseábamos ver la tele que tanto echamos de menos cuando nos vamos al campo y allí no tenemos internet ni televisión. ¡Somos niños, al fin y al cabo…!
Hasta la próxima ocasión, en la que mi hermano Saúl será el encargado de relatarles nuestras peripecias viajeras a su modo y manera, siempre ayudado -como yo- por el ío de nuestras entretelas…




Sevilla, 22 de marzo de 2026.
Fernando Sánchez Resa
