Este primer fin de semana de marzo (días 7 y 8) tenía mami ya preparado un regalo inmaterial para nosotros, sus dos hijos, pues desde hacía bastante tiempo, había apalabrado estancia en esa finca ecológica que tanto nos gusta y enamora y en la que, aunque volvamos muchas veces, siempre encontramos alicientes para pasárnoslo bien. ¡Los niños tenemos esa facilidad de adaptación…!
Este viaje tenía por título y tema «Conocer los animales y la dehesa de Riscos Altos», que son la sal y la pimienta, en definitiva, la razón de ser de esta hermosa finca ganadera ecológica de 65 hectáreas, aproximadamente, donde viven esos animales a los que íbamos a ver, admirar y acariciar, también a fotografiar, para tener perenne memoria de esta singular visita.

               


¡Hola!, que aún no me he presentado. Soy Saúl, el más pequeño de la familia, aunque ya tengo seis años y estoy en primero de primaria. Como dice mamá (y lleva toda la razón) «cuando cambiamos las coordenadas de nuestro espacio y tiempo cotidianos, se nos rompe la monotonía del diario devenir y entonces habitamos en un tiempo y en un espacio nuevos que tienen todos los estímulos y resortes para poder disfrutarlo maravillosamente bien, a la vez que facilitarnos la distensión del estrés que en la ciudad vamos acumulando cada día…».
Por eso, salimos tranquilamente andando, sobre las once de la mañana, desde nuestra casa en Sevilla, una vez aseados, desayunados y vestidos para la ocasión, con poco equipaje, hacia la cochera en la que estaba esperándonos plácidamente nuestro querido coche que es uno más de nuestra familia. ¡Nos lleva a todos sitios sin protestar…!
El viaje lo hicimos estupendamente, en hora y media, aproximadamente, pues aunque Riscos Altos (que está en el término municipal de Cazalla de la Sierra, Sevilla) dista 85,2 kilómetros de la capital, al estar enclavado en la frondosa sierra norte de nuestra provincia, tuvimos que atravesar carreteras provinciales o comarcales para llegar allí. Mi hermano le preguntaba al ío por qué no cogíamos una autovía o autopista para llegar más pronto, pero es obvio que el terreno montañoso y el no haber una ciudad grande en su término o alrededores hacen necesario transitar por carreteras de segundo orden. Mejor así, porque de esa manera fuimos admirando el bonito paisaje -mayoritariamente verde, gracias a las lluvias recientes de este año- con sus gradaciones diferentes en su hierba o arbolado enmarcado en un firmamento soleado en el que -a ratos- surcaban algodonosas nubes y veíamos ganado suelto pastando. Menos mal que, al rato de salir, me dormí despertándome ya cerca del lugar a donde íbamos, pues otras veces me pongo nervioso y quiero saber cuánto nos falta para llegar, preguntándolo múltiples veces…


Llegamos sin novedad, siendo detectados por los dos perros vigía de la finca (Pocholo y Sombra, su madre, que solo se llevan un año precisamente) a quienes encontramos más viejos y cansados, especialmente a la madre, pero tan amables y deseosos de trato humano como siempre, ya que siguen siendo el centro de atención de todos los niños que por allí pasamos, puesto que tienen una paciencia infinita con nosotros que no hacemos más que acariciarlos y marearlos con nuestros ires y venires continuados. Nos instalamos en una de las viviendas del piso primero en donde dejamos el equipaje y ya elegimos cama y habitación para dormir cada cual cuando llegase la noche… La mañana soleada nos encantó sobremanera. Lo que no nos gustó tanto, aunque a los mayores sí, es que no dispusiésemos de wifi ni internet para jugar el fin de semana con los jueguecitos online prometidos…

                     
Ricardo, que es el dueño y el que nos recibió, así lo refería afirmando que el 99,99 % de los mayores que vienen a este paraíso terrenal proponen seguir así para que todos, niños y mayores, tengamos un ayuno obligado y agradecido de pantallas, móviles y demás zarandajas cuando estemos por aquí… También le preguntamos por su madre, Carmen, a la que no vimos este fin de semana por allí, con lo que ama ella este terreno y a sus animales, y es que la habían operado de la cadera y estaba en proceso de recuperación satisfactoriamente. Esperemos verla recuperada pronto en una futura visita que hagamos…


La mañana fue espléndida con sol luciente y alguna que otra nube blanca o grisácea. Los olores y sonidos no son precisamente los de la gran ciudad, pues los pajarillos de toda índole y los sonidos y ruidos característicos de los animales nos iban alegrando el paseo y la estancia. La vista también disfrutaba de coloridos horizontes que endulzaban nuestra imaginación…
Pronto llegó la hora de la comida por la que nos pirramos todos, chicos y mayores. ¡Se come de bien aquí…! A la entrada del comedor nos encontramos con otro grupo de asiduos visitantes de este predio, dos de los cuales eran de Úbeda, como mami y el ío, que los conocíamos de otras visitas anteriores, pues son asiduos como nosotros. Se saludaron y estuvieron hablando de sus respectivas familias contándose que ellos se habían juntado cuatro parejas con sus respectivos retoños que, por cierto, eran compañeros de clase (dos hijos cada uno tenía cada pareja, salvo una, que sumaban siete infantes con mayoría femenina). Mamá también había intentado que algunos de nuestros amigos vinieran con nosotros pero, esta vez, no pudo ser, pues cada familia tenía sus propios compromisos y planes de fin de semana. Nos sentamos en las tres mesas largas que había en el comedor: los ocho mayores del grupo que saludamos, en una; los niños suyos, en otra: y nosotros cuatro (mami, el ío, Abel y yo), en otra, todos con un hambre canina redoblada porque sabíamos que aquí se come muy bien y nos ponemos las botas comiendo rico, rico… como dice Arguiñano, cuando lo vemos por la tele. Repetiríamos en los mismos lugares tanto en la cena como en el desayuno de la mañana siguiente.


Comenzamos la pitanza con aperitivos que ya estaban puestos en las mesas cuando llegamos: aceitunas aliñadas, chorizo casero en rodajas, patatas fritas de bolsa con mayonesa para mojar y lonchas de pan tierno y rico de sierra que nos estaba diciendo: «cómeme, cómeme…». A los mayores les ofrecieron cerveza o vino pero mami e ío prefirieron el agua cristalina de la sierra; es más saludable…

               
De primero llegaron dos tipos de arroces (caldoso y estilo paella) que también nos supieron a gloria y que acabamos completamente. Para finalizar trajeron una bandeja de carne que no pudimos terminar pues ya estábamos ahítos. Una bandeja de fruta (naranjas grandes y manzanas medianas) fue nuestro saludable postre.
Cualquier ocasión era buena para fotografiar animales, plantas, paisaje, espectacular cielo (soleado o nuboso), lluvia, etc. Lo hacíamos los cuatro con ambos móviles. Yo ya sé encuadrar lo que voy a fotografiar y acercar o alejar la cámara. Mi hermano también… Todos íbamos bien pertrechados de zapatos o botas para andar por este terreno menos el ío que vino con los zapatos de guapo que usa en Sevilla, por lo que para el próximo viaje no tendrá más remedio que comprarse en Decathlon un calzado apropiado si no quiere pegar un barjazo subiendo o bajando montañas y más estando resbalosas como ocurriría por la tarde… Ahora lo cuento.

                         
Como comimos a las dos y media y tardamos una hora o así en hacerlo, quedamos que a las cuatro y media iríamos de excursión a la parte alta de Riscos Altos y bajaríamos a ver el río Castillejo y seguiríamos su cauce un poco tiempo para admirar ese bonito panorama que ninguno de los presentes habíamos visto todavía, pero mira por dónde y por los azares de las leyes de Murphy, que dicen los mayores, empezó a llover con gana y fuerza a eso de las cuatro y media y prácticamente casi ni paró hasta casi las seis y media, por lo que el grupo de ocho adultos y siete infantes se borró, a excepción de un hombre que por su habla era de Galicia y fue contando alguna que otra anécdota de su tierra. Solo nos apuntamos nosotros cuatro con Ricardo que primeramente fue dando explicaciones de la finca: cuando se compró allá por los años 80, cómo ha ido evolucionando para ser ecológica y la mafia que hay liada en la catalogación del jamón ibérico dando muchos pormenores al respecto, refugiados bajo algún alcornoque o en el porche que hay entre las dos partes de los apartamentos, pero la lluvia siguió cayendo mansamente a veces, más fuerte otras… hasta que al final, cuando escampó algo, solo los cinco valientes con nuestro guía Ricardo subimos a una de las laderas de los dos montes que enmarcan el valle en donde se encuentran las viviendas de los caseros y de los turistas como nosotros, pasando por los tanques de tormenta, para acumulación del agua que han hecho para que las abundantes lluvias que este año han caído, también por aquí, no se lleven todo el lodo y la tierra y lo arrastren a las casas en las que ellos viven.


Nos acercamos para ver algunos de los alcornoques a los que se les saca el corcho cada nueve años, y los vimos a los pobres pelados desde cierta altura hasta el suelo como si les faltase ropa vegetal con la que sobrevivir a estos fríos inviernos que gastan por aquí.
Curiosamente cuando coronamos una cúspide nuestros móviles sonaban como locos porque teníamos conexión y todos los mensajes atrasados iban entrando como huevos en canasta. Ricardo nos fue explicando muchas cosas de los animales y las plantas que allí habitan, tanto los que crían y cuidan ellos como las aves salvajes cuyos cantos y graznidos bien conoce… También comprobamos cómo las aceitunas y las bellotas andaban en el suelo con una prodigalidad pasmosa, algunas incluso fructificando ya para nacer nuevos árboles. Total que tanto los dos niños como los tres mayores hicimos una excursión improvisada bajo la lluvia que nos encantó. También comprobamos que bajar al río para luego subir iba a ser un viaje temerario que podía costarnos caro, por lo que lo dejamos para mejor ocasión en la que el tiempo y la meteorología acompañen.


De vuelta a nuestro apartamento aprovechamos para descansar un poco, leer y contar historias, aunque todos estábamos cansados, especialmente los mayores, mientras que nosotros aprovechamos para pelearnos de broma (que puede acabar en tragedia) algún rato con el desagrado de los adultos, pues ellos no entienden que a los niños nos guste chinchar al hermano aunque no nos guste que nos chinchen a nosotros… Finalmente salvamos el bache y como quedamos que sobre las ocho y media cenábamos, poco antes ya estábamos a las puertas del comedor el grupo completo de los 20 turistas lampando para que lo abrieran y cenásemos en abundancia. El hambre y el deseo de comida rica se nos activaron de pronto…

                       
Comprobamos que, cuando cae la noche a plomo, el frío y la oscuridad campan por sus fueros en estos lares, dicen los mayores que te encuentras indefenso ante la naturaleza, aunque nosotros -como niños- no sabemos lo que es eso, puesto que nuestros mayores siempre nos amparan. Gracias a Dios…
La cena fue otra fiesta del paladar pues comenzamos con los aperitivos que estaban riquísimos: la morcilla roja en rodajas, el pan ternico, los picos, etc. De primero: la sopa de fideos cabellini estuvo estupenda, los cuatro repetimos y acabamos el recipiente. Estaba calentica la sopa y eso nos hacía tener calor en nuestro cuerpo, aunque no hacía el frío que la vez pasada pasamos, que fue el 22 de noviembre de 2025. La focaccia, el pollo frito, en tiras, y la bandeja de patatas fritas alargadas cayeron en un santiamén, aunque yo lo único que no tomé fue precisamente el pollo. No sé por qué… El pan también nos acompañó en la cena muy amigablemente. Repetimos los cuatro para beber agua de la sierra y para postre nos pusieron lo mismo que al medio día, pero añadiéndole naranjas mandarinas que el io y mi hermano bien que tomaron…

             
Cuando acabamos la cena nos fuimos todos para arriba a descansar por el camino que estaba encharcado y embarrado, además de completamente oscuro. Para subirnos hicimos como cuando bajamos: nos ayudamos de las dos linternas que tenían nuestros dos móviles (el de mamá y el del ío), pues aunque hay 3 o 4 farolas que detectan al transeúnte y se encienden automáticamente, están muy separadas y como no te ayudes de linternas crees encontrarte en la boca del lobo. Menos mal que íbamos de la mano cada uno de nosotros con su pareja de mayor: Abel con mami y yo con el ío, hasta que llegamos a nuestro destino y ya aprovechamos para ponernos los pijamas, lavarnos los dientes y echarnos las medicinas necesarias para dormir y descansar plácidamente una larga y recuperadora noche de sueño, pues como estábamos citados a las nueve, habría que levantarse a las ocho o así para estar bien dispuestos en el desayuno abajo, en la casa madre, donde viven los perros y los caseros, pues Ricardo estuvo bien acompañado con su esposa e hijas que fueron las que también cocinaron, juntamente con él, y sirvieron las mesas en las comidas.

                                             
Una anécdota que se me escapaba es que Pocholo, cuando estábamos todos los visitantes reunidos atendiendo las explicaciones de Ricardo, creyó que estaba junto a un árbol y se meó con la pata levantada, como suelen hacerlo los perros, en los pantalones de alguien que no quiero desvelar. Ahí lo dejo…
Yo dormí con mami y Abel con el ío. Para nosotros fue una corta noche aunque para los mayores con sus edades y preocupaciones se les hizo algo más larga pero, no obstante, reconfortante, pues no hacía tanto frío como la vez anterior que estuvimos aquí a finales de noviembre y la calefacción -que estaba puesta- caldeaba el ambiente agradablemente. Cada cual soñó con lo que quiso o pudo y la mañana llegó envuelta en niebla y lluvia mansa que nos hizo gozar la vista de un paisaje invernal maravilloso, como de cuento de hadas y/o de leyenda, esos que bien describen los buenos escritores y que ya, yo y mi hermano, leemos en los libros infantiles…
Aprovechamos para dejar las maletas y todo preparado porque íbamos a desayunar a las 9 y a las 10 subiría Ricardo con Enrique, que es el joven muchacho que ahora se encarga de dar de comer a los animales (una vez que se jubiló su tío Antonio) para que todos, ahora sí, fuésemos a ver el espectáculo natural, en vivo y en directo, quedando todos, especialmente los niños sumamente impresionados, porque aunque ya alguno de los niños o las niñas habíamos estado viéndolo otras veces anteriores, no nos importaba repetir una y otra vez esta performance natural, como le llaman ahora los progres, digna de no olvidar. Mi ío como en su casa tuvo perros y gatos y sus tíos eran vaqueros, alguna que otra vez ordeñó alguna vaca, también tuvo conejos, pollos y gallinas en sus cuadras o corrales, pero la generación de mi madre -y la nuestra menos- solo conocemos todo esto gracias a estas visitas ilustradas que mamá nos regala de vez en cuando. ¡Muchas gracias, mamá, por tu cariño y celo…!


Primero comenzamos viendo cómo les echaba Enrique sus diferentes alimentos a las cabras, luego a los cerdos, después a las ovejas… todos ellos estabulados. Sin embargo a las dos burras (madre e hija, Trini y Lucy), como están libres como las águilas, con ponerle en un árbol la comida en una espuerta o serón ya ellas se apañan solas. También Enrique ordeñó a una cabra para que viésemos que no es tan fácil como parece, a la vez que nos mostró tres cerditos que habían nacido hacía poco, tan pequeñitos que necesitaban calefacción artificial para no morirse con el frío que hacía en el establo y en el campo. Los niños o niñas más valientes querían tener a los animalitos pequeños en brazos y así lo hicieron para que sus padres o madres los fotografiaran con el fin de tener un tierno recuerdo. El gallo y las gallinas también pedían su ración de comida necesaria para vivir y seguir gritando o cacareando al mundo que ellos estaban allí.

                   
A quienes no hemos visto esta vez ronroneando a nuestro alrededor e intentando meterse en el apartamento fue a los gatos. No sé qué habrá sido de ellos… Después todos, grandes y pequeños, subimos hacia el monte donde se encuentran sueltos los cochinos que Enrique llamaba con sus gritos característicos, imitando lo que los animales hacen pidiendo comida o auxilio y fueron bajando por la ladera del monte en hornadas hasta que llegaron dos buenos ejemplares de verracos ibéricos que eran los que mandaban a la hora de comer lo que quedaba, echando a los más pequeños a otro lado para satisfacer ellos su hambre. Vimos el ejemplo de la naturaleza donde el pez grande se come al pez chico y el animal grande aparta al pequeño porque tiene más fuerza bruta… Mientras los dos perros iban deambulando entre los mayores y niños buscando caricias y compañía humana.


Eras las once y media cuando terminamos esta espectacular visita y nosotros cuatro decidimos marchamos para Sevilla donde nos esperaba la ía con su rica paella a punto. El otro grupo de 16 personas se quedó dilucidando si se quedaban a comer y hacía alguna excursión más. Ellos tenían un plan distinto al nuestro. De todas formas la mañana acompañaba y se hacía realidad lo que de pequeño le decían al ío en Úbeda “Mañanita de niebla, tarde de paseo…”
El viaje de vuelta también fue estupendo. A mí me volvió a pasar como en la ida, que estaba tan cansado que me dormí casi todo el trayecto mientras mis acompañantes iban degustando el paisaje tan bonito y verde que les salía al paso y aspirando esa luz y esa claridad magistral que daba el sol que andaba casi libre de nubes en el firmamento.
Llegamos a Sevilla volviendo a entrar por donde salimos, gracias al GPS que nos ayuda y acompaña, hasta que llegamos a casa de la ía para besarla y pasar una comida y tarde en buena compañía viendo la tele que tanto echamos de menos por aquellos lares serranos…
¡Hasta la próxima visita que será pronto: de aquí a quince días! Mi hermano ya os informará, amables lectores, de lo bien que nos lo vamos a pasar, una vez más…

 


Sevilla, 9 de marzo de 2026.
Fernando Sánchez Resa