Veo, según me soplan mis nietas, que se está popularizando las listas de bodas (sean por lo civil, por lo religioso o porque sí) con el fin de que hacienda moje en sus regalos, en especie o en dinero, aparte del dinero que genera la industria que hay montada sobre las bodas que, por cierto, cada vez duran menos las parejas, sean del mismo sexo o del otro o de un tercero como quieren meternos ahora, pues ya la gente no se aguanta nada y quieren que la pareja ideal sea una persona que se adapte a todos sus caprichos y gustos sin la más leve protesta. Yo lo traduzco así: que sea un avatar virtual que todo lo aguante como se ve en las películas de ciencia ficción… A esto estamos llegando: creer que la felicidad se alcanza consiguiendo continuadamente todo gusto o capricho que se nos pase por la cabeza o la intención… ¡Qué equivocados estamos casi todos…! ¿A dónde vamos a ir a parar?
No me queda más remedio que comentar el mal rato, por decir lo mínimo, que hemos pasado todos mis familiares con el accidente ferroviario de Adamuz y eso que no hemos tenido ningún accidentado o fallecido directo en nuestra familia. ¡Qué mal lo han debido de pasar los afectados o damnificados y sus familiares y amigos y qué miedo nos han metido a todos en el cuerpo para no atrevernos a subir a un tren que era hasta ahora nuestro medio de transporte preferido. ¿Por qué los políticos que mandan (y los otros que no mandan, también) no están pensando en que prevenir (y revisar) es mejor que curar…?
También me informan mis nietas del problema de los embriones que se encuentran en el limbo (nunca mejor dicho), puesto que andan congelados en todo el mundo en tanques de nitrógeno líquido mientras sus padres no saben lo que hacer: si donarlos o destruirlos, habiendo una cantidad excesiva de embriones abandonados. Este es un problema ético y económico para el que no se ha legislado claramente todavía. Los políticos no alcanzan a solucionar el problema. En España dicen que hay nada menos que 60.000… ¡Casi ná!
Y para finalizar este capítulo la voy a emprender con el envejecimiento, tema recurrente de todo este libro que estoy escribiendo sobre las vicisitudes de la vejez, que son -al fin y al cabo- eso: ir contando las dificultades que te vas encontrando en la vida conforme se va envejeciendo y también las alegrías y bondades que experimentas en ese caminar diario.
Ya sabéis, amables lectores, que voy ya por la provecta edad de 96 años, y aunque me encuentro relativamente bien (“sin entrar en detalles”, como se suele decir ahora), voy viendo que este caminar hacia mi centenario no me agrada demasiado, porque ya veo muchas cosas negativas y eso que yo siempre he sido optimista (no sé si porque nací en carnaval): cada vez soy más dependiente de mis hijos y nietas; ya no me encuentro bien de salud todo el tiempo sino todo lo contrario; cualquier cosa ya me preocupa en demasía; muchas noches duermo mal y, luego, durante el día estoy dando cabezadas continuamente; por eso me pregunto ¿qué hago yo aquí? Como soy creyente le pido al Señor que me lleve ya a su Reino y me deje descansar en paz (también a mi familia). Ya no hago nada que sea necesario e importante en este mundo y quiero ver y juntarme con mis padres, abuelos y hermanos. ¡Mi tiempo ya está pasado…!
El final de una pareja (hombre-mujer, se entiende, como lo era en mi época) es un tema que conozco bien. Bastantes hombres tienen una discapacidad emocional manifiesta, muchas veces son como críos chicos que esperan de su mamá-esposa que lo haga todo… Expresar emociones no es lo que se esperaba de ellos. A los varones de mi época les decían desde pequeños que los niños nunca lloran, por lo que los condicionaban a ser fuertes a base de comerse sus emociones… Las mujeres, en general, somos todo lo contrario. ¿Así como vamos a entendernos en este mundo tan cambiante y díscolo, si somos tan diferentes en cuerpo y mente…?
Ahora están saliendo por todos sitios ¿expertos? que aconsejan (casi mandan) lo que debemos comer, cómo tenemos que hablar, cuándo y cómo debemos divertirnos, a qué parte de la Tierra tenemos que viajar, etc. Por eso, sobre el envejecimiento se cierne un gran negocio que van a explotar (o ya lo están haciendo…) lo más listos y espabilados, dándonos consejos de cómo superar las edades peligrosas (que finalmente son casi todas, especialmente cuando se van cumpliendo muchos años como yo). Nos quieren convencer de que envejecer no es algo progresivo, que la ciencia va descubriendo y que llega por oleadas (goleadas, diría yo), descubriéndonos las edades peligrosas que transforman tu metabolismo y dándote remedios para ello. Afirman que un alto porcentaje de moléculas de tu cuerpo no se transforman gradualmente sino que se alteran drásticamente en momentos específicos de tu vida. La primera oleada llega a los 44 años, afirman, cuando tu metabolismo se declara en huelga; la segunda es a los 60 con el colapso múltiple; y la tercera oleada arriba a los 78 años, siendo el momento decisivo donde tu cuerpo realiza una evaluación integral de todos los sistemas. ¡No recuerdas que tu sistema inmune se jubila antes que tú…!
En fin, todos insisten que debemos hacer una alimentación sana y natural a base de verduras, frutas y alimentos mediterráneos, no precocinados ni elaborados (aunque luego el márquetin te lo meta por los ojos “con tal de hacerte más fácil la vida”…); caminar diariamente y hacer ejercicios de fuerza; tener pocos pero buenos y seguros amigos y no dejarlos nunca. La genética que te hayan dado tus padres vale casi todo, si la has sabido administrar mezclándola con un buen ambiente de vida sana. O sea, que en mi larga vida he visto cómo hasta en la salud y la medicina han ido cambiando paulatinamente consejos y terapias. Todo esto en mi época de joven y mujer madura no se sabía y, sin embargo, trabajando en la casa toda la vida y pasando por una guerra civil y su dura posguerra muchos estamos alcanzando edades que, antiguamente, en mi infancia o juventud no se veían. Bueno es seguir sabios consejos, pero también la persona tiene que ser consciente de lo que le sienta bien o mal tanto en comida como en situaciones de la vida, sin dejarse atrapar con compañías tóxicas (ahora se lleva decirlo mucho), y, por eso, debes obrar en consecuencia para que tu existencia sea lo más larga y dichosa posible, dentro de que somos seres humanos, que tenemos cuerpo y alma, y que hay que alimentarlos bien a ambos de una manera equilibrada.
Aquí me quedo. Ya está bien de dar consejos. A las personas mayores nos encantan darlos, no que nos los den…; y seguramente -si trasteamos en nuestra memoria infantil o juvenil- recordaremos lo mal que nos sentaba el que nos dieran consejos (ahora se les llama “mítines”) para todo, especialmente los más mayores, cada dos por tres… En fin, cómo vamos cambiando los humanos cuando atravesamos la vida y ejercemos distintos roles (hija, esposa, madre, abuela, bisabuela, etc.). ¡Que sea lo que Dios quiera!
Sevilla 2 de marzo de 2026.
Fernando Sánchez Resa
