Ayer, sábado, nuestra hija Margarita nos tenía preparada una actividad cultural que tanto gusta a nuestra familia. Ella se había encargado de tenerlo todo a punto y, por eso, voy a relatar nuestras sencillas peripecias familiares en ese bello y extenso rincón de la sierra norte sevillana que forma parte de Sierra Morena.
Amaneció despejado y con el sol pugnando por salir y calentar Sevilla, aunque había amenaza de lluvia pronosticada por los meteorólogos que, como los políticos, no siempre aciertan…
Cogimos el coche los tres adultos (madre, hija y yo conduciendo) y marchamos ilusionados a pasar una jornada espléndida y divertida pidiendo encarecidamente al tiempo que no nos lloviera en la sierra.

La cita era a las once, en el apeadero de una antigua estación de tren al aire libre, a las puertas de donde está la valla que accede al camino que nos llevaría a Munigua (Municipium Flavium Muniguense) o Mulva, tras atravesar la finca privada EL FIJO, que está dedicada a la explotación agrícola y ganadera, por lo que había ganado suelto. Se encuentra en la Caña Real del Pedroso, en Villanueva del Río y Minas, provincia de Sevilla. Y está a una hora y media, aproximadamente, de nuestra casa sevillana.


El GPS, que es actualmente nuestro gurú en la conducción (ya pasó a la historia ir con un mapa siguiendo la ruta), nos fue llevando por carreteras secundarias y multitud de rotondas hasta el mencionado pueblo en donde Munigua está afincada. Lo bueno que tiene el GPS es que si te equivocas te vuelve a redirigir y, al final, llegas a tu destino como nos pasó a nosotros. Nunca habíamos estado en ese pequeño pueblo serrano de Villanueva del Río y Minas. Lo atravesamos siguiendo las indicaciones del GPS y nos dirigimos, tras pasar el puente sobre el río, por un carril de tierra, socavones, barro y charcos hasta la entrada al enclave arqueológico. Menos mal que no llovía y solo había pocas zonas encharcadas o embarradas, que pasamos con sumo cuidado, incluso atravesamos la vía férrea (que no está en funcionamiento) que servía para sacar el mineral de esta zona (principalmente hierro, pues el yacimiento de cobre se acabó ya en tiempos de los romanos). Solo nos adelantó, por el carril, un coche blanco que, luego, cuando llegamos al punto de encuentro, vimos aparcado. Resultó que era nuestro guía: Fran, arqueólogo cordobés, que bien nos enseñaría e ilustraría la visita cultural y arqueológica. Cuando hablamos con él, mientras llegaba el resto de visitantes, nos enteramos de muchas cosas y pudimos apreciar y disfrutar ya del paisaje, tan verde y atractivo, que se nos ofrecía gratuitamente a cada paso o mirada. Nos preguntábamos cuántos valientes serían capaces de acudir a la cita que ellos mismos habían pedido. En un principio pensamos que íbamos a estar nosotros tres solos con Fran, pero como llegamos temprano fueron apareciendo otros excursionistas hasta sumar catorce, además del guía. Los justos para vivir una trepidante aventura campestre bien ilustrada. Habían pedido la visita bastantes más, pero se ve que, a última hora, se arrepintieron por el tiempo, como estaba o iba a estar, y/o por el duro e infernal camino del coche al atravesar los seis kilómetros de carril, más la caminata al yacimiento. Yo, precavido, subí mi auto a la máxima altura permitida, con el fin de que no chocasen sus bajos con el suelo, especialmente en los socavones o charcos.

Tras pasar Fran los QR de las entradas de todos los excursionistas, comenzamos la pausada marcha por el carril de tierra que va atravesando la finca particular EL FIJO, agraria y ganadera, en la que pudimos ver cómo pastaban o deambulaban toros, cerdos, jabalíes, etc. con una tranquilidad pasmosa. Algunos de ellos iban sueltos, junto al camino, sin que hubiese vallas que lo delimitaran. Nos encontramos en concreto con un hermoso toro negro que podría hacernos cualquier jugarreta… Otros de su especie sí se encontraban en sus respectivas cercas.

Fuimos andando y charlando los dos kilómetros y trescientos metros que separan la entrada del enclave arqueológico, echando muchas fotos, mientras Fran hacía algunas paradas para hacernos saber dónde nos encontrábamos y el por qué de su importancia. Atravesamos varios arroyuelos, pues es una zona de mucha agua en superficie, por eso lo escogieron los romanos, además de lugar minero. Hasta que llegamos a uno más caudaloso que se encuentra a las puertas de Munigua, el arroyo Tamahoso. Ya nos había advertido el guía que hasta hacía unos días se podía atravesar fácilmente, pero que la semana pasada había subido el caudal por las intensas lluvias y lo mismo teníamos que atravesarlo andando, con los calcetines y zapatos quitados y en la mano, para no mojarnos, como hicieron anteriores visitantes. Tuvimos suerte, porque no hizo falta llegar a tanto, pero sí fue necesario que los más intrépidos del grupo fuesen preparando, como pontoneros o ingenieros, unas cuantas lascas grandes o medianas para ir pisando en ellas y no caer al agua, así como unos palos para ir apoyándose con la mano derecha o izquierda, especialmente algunas féminas. Todo se desarrolló bien. Penetramos en Mulva sin problemas y tras haber vivido una pequeña aventura al estilo Indiana Jones, pues hasta un perrillo de algún cortijo adyacente nos acompañó parte del camino buscando compañía, caricias y, a ser posible, comida.


Ya desde lejos habíamos avistado la impresionante plataforma del santuario de Munigua, grandioso y resistente tras más de dos mil años de vida. ¡Cómo construían los romanos!
Las primeras noticias de Mulva datan de 1756 cuando dos investigadores de la Academia de Buenas Letras de Sevilla visitaron las ruinas, identificándolas correctamente como un Santuario, aunque la tradición popular le sigue llamando «Castillo». Con posterioridad cayeron en el olvido, hasta que desde 1957 vienen siendo estudiadas por el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid.
Una de sus peculiaridades es ser una ciudad romana que destaca por no seguir el modelo de urbanismo romano y que era seguramente el mayor productor de hierro de toda la Bética romana.


Haciendo diversas paradas fuimos observando y visitando, con las doctas y acertadas palabras de Fran, las antiguas termas (que están techadas artificialmente para que no se deterioren aún más) con sus tres salas de agua: caliente, templada y fría; y al oeste se localiza el vestuario que mantiene restos de estucos con pinturas geométricas o vegetales; las canalizaciones (unas tapadas y otras al aire libre, pues han perdido su cubierta); las casas descubiertas (que son siete y de distinto tamaño). Fran nos enseñó la más grande palpando lo hermosa que era y la cantidad de habitaciones que tenía -creo recordar que 22 o 23) en su época de esplendor; el foro con su maqueta y las fotos que nos enseñó para darnos cuenta de lo grande y bonito que era originariamente, así como la basílica, el centro administrativo del municipio, que se hallan en la terraza inferior; las tabernas que estaban pegando a su pared, en un piso más bajo; la parte alta del pueblo se corona con un santuario que se erige sobre la Colina Sagrada y que está dedicado al culto de Fortuna y Hércules. Es un asentamiento que resulta interesante pues presenta características que se pueden ver en el Lacio (Italia) pero no en la Península Ibérica. Desde lo alto se veían en lontananza algunos pueblos o ciudades cercanas, destacando Carmona que dista 9 kilómetros; desde abajo, la población se ve escalonada; y el mercado del que se está haciendo una cata arqueológica para su estudio más pormenorizado. Los restos de las murallas que son de la segunda mitad del siglo II de nuestra era y que no rodea toda la ciudad sino que deja libre el lado oeste, aprovechando la altura del terreno, teniendo una anchura de 1,60 m con cuatro torres rectangulares y restos de una puerta al sureste (para que los belicosos y díscolos árabes africanos no pudieran asaltarla, pues cuando el imperio y la pax romana ni se pensaba en ello). Qué bien supieron aprovechar la orografía del terreno como demuestran las catas arqueológicas y los estudios hechos por el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, a quien se debe todo lo que se sabe sobre este enclave romano. ¡Digna obra de aplauso y agradecimiento!


También nos explicó Fran la separación que existía entre la ciudad de los vivos y la de los muertos, visitando la necrópolis con varias tumbas o hipogeos, que en un principio y mientras gozó de prosperidad económica se llevó a cabo a rajatabla, pero que con la decadencia que tuvo al transcurrir de los años y siglos, como le ocurre a todo lo humano, se fueron mezclando los vivos con los muertos, como lo demuestran los enterramientos hechos en las propias casas que visitamos. Todas sus explicaciones iban avaladas con su sabiduría oral, su experiencia arqueológica y con la muestra de unas fotocopias o recreadas fotografías que traía en su mochila y que nos hicieron cabal idea de cómo eran realmente las construcciones de este enclave tan estratégico que nació porque era rico en cobre y hierro, hasta que se agotó el primero. Había poca población en ella, pero escogida: varias familias latinas ricas o poderosas, que se repartían trabajos y ganancias, aunque siempre tenían que dar cuenta a la metrópoli de Roma.


Su periodo más floreciente corresponde al siglo II. A partir del siglo IV la ciudad comenzó a languidecer, por lo que las casas se reparan y reducen de tamaño, al agotarse el mineral. Y tras un terremoto la población romana abandonó el lugar. Estuvo habitada hasta el siglo V o VI de nuestra era. Parece ser que luego llegaron los árabes, que la habitaron un tiempo, pero después quedó abandonada y al albur de la intemperie y los depredadores humanos durante siglos.
Mientras discurría la visita el tiempo iba cambiando paulatinamente y el cielo se iba encapotando desapareciendo poco a poco el sol que durante parte del trayecto y visita había lucido en el firmamento. Menos mal que terminamos la visita a Mulva sin que nos lloviera. Por eso, pudimos atravesar nuevamente el arroyuelo crecido saltando de piedra en piedra, aunque algunos tuvimos la mala suerte de meter la pata (el pie derecho, concretamente) en la fría agua para que nuestra aventura fuese completa y la recordáramos siempre así.


De vuelta, por el camino de tierra, empezó a chispear un poco, aunque creíamos que no iba a arreciar, pero finalmente cuando estábamos a mitad o poco más del trayecto ya empezó a llover con contundencia, por lo que cada cual se refugió de la lluvia como pudo: paraguas (las que lo llevaban), anorak, impermeable, abrigo, sombrero, etc. Una parte del grupo (los más jóvenes) corrió más deprisa y llegaron a los coches casi indemnes. El resto aguantamos el chaparrón mientras íbamos charlando alegremente contando peripecias pasadas o proyectos futuros.


Cuando llegamos a los coches nos metimos todos rápidamente, habiéndonos despedido primero y esperando vernos en otra excursión campestre o urbana, pues nuestros gustos y aficiones son muy similares. Nosotros cogimos nuestro coche y cuando lo arrancamos saltó un aviso permanente en el cuadro de mando poniéndose en rojo la palabra SERVICE, que quiere decir que se vaya lo más urgente posible a un taller para que lo revisen pues tiene alguna avería importante. Con lo que caía, ¿quién le hacía caso al aviso? Yo no se lo hice y pensé que sería porque le había puesto la posición alta al coche durante demasiado tiempo; por eso, cuando terminé de recorrer el carril, lo bajé de nuevo a su altura natural y desapareció por ensalmo. «¡Miel sobre hojuelas!», me dije.

Como eran más de las tres de la tarde y llovía bastante paramos a comer en el pueblo, como nos había recomendado Fran, en un restaurante llamado Tele Club, en donde comimos bien, aunque estaba lleno a rebosar cuando llegamos. Menos mal que tres muchachas acababan de comer en ese momento y nos dejaron una mesa libre. Comimos a la carta, cada cual pidiendo lo que más le apetecía, y a la hora de pagar comprobamos que era barato comparado con otros restaurantes o lugares capitalinos.


Satisfechos (“panza llena, no tiene pena”, dice un dicho popular) y felices reemprendimos el viaje de vuelta, y más tranquilos y sosegados; aunque el coche quiso volver a amargarnos el viaje retornando a encenderse la palabra SERVICE en el cuadro de mandos y, al poco, nos avisó de que la rueda delantera derecha estaba falta de aire o floja, como vulgarmente se dice; mas no le hice caso, pues un sábado tarde, ¿a qué taller iba a llevarlo?, aunque fui todo el camino con la mosca detrás de la oreja. Llegamos a Sevilla, dejé a madre e hija en sus respectivas casas y me fui a encerrar el vehículo en la cochera. El próximo lunes iré a solucionar el problema, si Dios quiere.
“Lo que bien empieza, bien acaba”. Hasta la próxima turné que será con mis nietos a Córdoba, La Sultana, cuando estrenemos año…











Sevilla, 28 de diciembre (Día de los Santos Inocentes) de 2025.
Fernando Sánchez Resa
