Gracias al empeño de mami porque viajemos a menudo en familia para aprender mucho, hemos visitado y pateado felizmente Córdoba, «La Sultana», nuestra vecina capital de provincia andaluza, tan bella y cosmopolita, aunque diferente, a nuestra natal Sevilla que no conocíamos aún. Lo hicimos nada más estrenar el nuevo año, pues nos fuimos el uno de enero y volvimos el cinco, al medio día. ¡No nos podíamos perder -por la tarde- a nuestros soñados Reyes Magos de Sevilla, a los que tanto queremos y nos gusta admirar en su lucida Cabalgata, pues lanzan tantos regalos…!
Por eso, una vez que hubimos comido en casa de la ía un rico menú de los que nos tiene tan acostumbrados, cogimos las maletas y todos los bártulos, incluidos los paraguas, que bien nos iban a servir por el anuncio de una borrasca que entraría por el golfo de Cádiz al siguiente finde.


Por ello marchamos andando tranquilamente -los cuatro- hacia Santa Justa, en donde cogimos un tren Iryo, que en media hora nos iba a dejar en la estación ferroviaria de Córdoba, casi sin darnos cuenta.
Como todos nuestros asientos estaban en el sentido inverso de la marcha, mami y el ío tuvieron la ocasión de cambiarse para no marearse. A nosotros dos (Abel y yo) eso no nos afecta, por ahora. Pronto llegamos a nuestro destino, ya anochecido, pues habíamos salido a las 18:08 de Sevilla y solamente tardamos treinta minutos en llegar; mucho mejor que si hubiéramos ido en coche pues, según el ío, se tarda el triple (hora y media) tomando este medio de transporte.

Cogimos un taxi, a la salida de la estación Julio Anguita, que nos dejó en la misma plaza del Potro, lugar donde íbamos a vivir cuatro noches y casi cinco días en un acogedor y luminoso apartamento turístico que mami, tan previsora como siempre, había apalabrado desde hacía bastante tiempo para que así nos saliera más barato. ¡Mujer prevenida vale por dos (o más)!
Tomamos posesión del apartamento turístico, que estaba en la segunda planta y sin ascensor, para que pudiésemos “ejercitar las piernas y mover el corazón”. Dejamos allí las maletas y nos fuimos a cenar al centro neurálgico cordobés, junto al cinturón de calles y restaurantes que hay alrededor de la Mezquita.
Pensamos hacerlo en la Taberna Santos, famoso especialista en tortillas, que está en una de las cuatro calles que circundan a la Mezquita, pero estaba cerrado, por lo que seguimos buscando hasta que llegamos a Taberna Nº 10, que nos recomendaba Google. Nos pareció acogedora. Tuvimos suerte porque ya la turba invasora de turistas lo tenía casi todo copado. Aprovechamos la mesa de cuatro que nos ofrecieron con la condición de que la dejásemos libre, pues estaba reservada para las nueve y media. Como eran poco más de las ocho no hubo problema, nosotros cenamos rápido.


Comenzó ya, en ese momento, el menú archirrepetido por parte de Abel y un servidor (Saúl, para más señas), que no de mami y el ío, pues en las siguientes comidas o cenas íbamos a repetir los mismos platos casi siempre, ya que quedamos encantados. De primero, los dos hermanos tomamos salmorejo, que nos supo a más que gloria, mientras que para el segundo Abel pidió flamenquín al estilo cordobés, que era súper grande y muy sabroso, con patatas fritas; y yo pedí croquetas con mayonesa. Los postres sí los iríamos cambiando a lo largo de los días cordobeses, unas veces fue coulant con helado; otras, pastel cordobés con nata y caramelo o torrijas con helado, etc.
Luego, volvimos a casa paseando y disfrutando de la noche cordobesa que era serena, aunque ya se iba poblando de turistas compulsivos con cámara de móvil infatigable que aburre por demás…


La noche y nuestras camitas sirvieron para tomar fuerzas y recargar pilas con el fin de estar como nuevos al día siguiente, especialmente los niños, pues los mayores se cansan al momento, ¿por qué será…?
En lugar de levantarnos temprano, como nos obligan a hacer cuando hay cole, (“al que madruga Dios le ayuda”, nos recuerdan siempre), amanecimos pasadas las nueve y media por lo que nos aseamos, vestimos y marchamos a desayunar cerca de donde vivíamos. Acampamos en Hygge (concepto danés y noruego que significa bienestar, confort y calidad acogedora donde se crea un ambiente relajado para disfrutar de los placeres de la vida sin preocupaciones). Es un establecimiento que repetiríamos todos los desayunos que tomamos en Córdoba, pues tenía de todo: bollería, dulces, tostadas con aceite y tomate, churros, chocolate, etc. Quedamos enamorados de él y le fuimos fieles todos los días. Su personal de servicio siempre nos fue muy amable. Y ya nos conocían y todo.
Después, volvimos a nuestra querida plaza del Potro para visitar el coqueto y pequeño Museo de Bellas Artes que mami, como buena historiadora del arte y conservadora de museos que es, nos supo enseñar y explicar pacientemente. Aunque nosotros, como buenos infantes, siempre tenemos prisa para todo (menos para jugar indefinidamente y ver pantallas) y provocamos muchas veces un paseo militar por el museo o exposición que visitemos. De todas formas nos gustó la sala de la Exposición de Rafael Romero de Torres y algunas esculturas y cuadros que mami nos supo explicar muy bien.


Pensamos llegar al museo, que está al lado: el de Julio Romero de Torres (hermano afortunado de Rafael), pero cambiamos de idea y lo dejamos para otra ocasión que luego no llegaría, ya que mami había quedado con una amiga de sus tiempos universitarios granadinos: Rocío Rosales, y sus dos hijos: Andrés y Clara, que eran casi parejos en edad a nosotros dos. Por eso fuimos al parque de Los Jardines de la Merced para encontrarnos con ellos sobre las doce.


Abel, como suele hacer casi siempre, es nuestro eficiente guía, gracias al GPS del móvil de mamá. Pasamos por diversas calles y enclaves importantes, incluidas algunas plazas recoletas y tranquilas. La afamada plaza del Cristo de los Faroles le trajo gratos recuerdos al ío, pues se acordó de cuando fue a la boda de Tomás, el segundo hijo de sus amigos y compañeros Pepi y Luis. Así nos lo refirió. ¡Siempre nos gusta que nuestro abuelito nos cuente sus batallitas de niño, joven, maduro o viejo! Allí vimos y saludamos, qué casualidad, a Pablo Jesús Lorite Cruz, amigo ubetense de mamá y muy estudioso y listo, que había venido a pasar el día, juntamente con sus padres, para disfrutar de la ciudad y completar su extensa colección numismática.


Aunque al principio de nuestro encuentro con Andrés y Clara, como ambos niños eran tímidos (y nosotros también), especialmente la niña, tardamos un rato en tomar confianza, especialmente los varones, pues la niña se quedó con su madre de la mano, charlando ambas mamás de todo un poco: tanto de sus tiempos universitarios, cuando estudiaban ambas Historia del Arte en Granada; como de su nueva vida de casadas, profesionales y madres, contándose mutuamente intimidades femeninas y maternales como sólo las mujeres saben hacerlo.
Nosotros empezamos a tomar confianza usando el mismo lenguaje o método que todos los niños del mundo para conseguirlo: el del juego. Comenzamos por columpiarnos y jugar al pillar hasta que encontramos un disco volador azul abandonado («frisby», le llamaba Abel), que nos sirvió para lanzárnoslo alegremente los tres, colocándonos estratégicamente formando un círculo o triángulo. Así estuvimos divirtiéndonos durante un buen rato hasta que por mala suerte lo lancé muy alto traspasando la verja que limitaba con un colegio cercano. Y aunque intentamos recuperarlo, no nos fue posible porque la pared y la verja estaban demasiado altas para nosotros. Y ahí se acabó nuestro juego. Luego fuimos, atravesando el parque, en busca de un restaurante que había reservado la mamá de los niños amigos. Como en medio había una pequeña mezquita -al acercarnos para verla- salió un señor y nos ofreció dátiles de una caja abierta que nos mostró. Algunos cogieron, a mí como no me gustan tomé uno y se lo di al ío, que bien sé que le encantan.


Mientras charlábamos, como si fuésemos amigos de toda la vida, comimos bien, en la Taberna 12 de Octubre, de la cadena Abanca, que estaba ubicada cerca de donde vivía la tía Trini de la ía Margarita y que tanto visitaron cuando ella estaba viuda; y luego nos despedimos, pues la madre y sus dos hijos tenían otros compromisos, aunque Andrés se enfadó mucho y se fue llorando porque le hubiera gustado quedarse a jugar con nosotros más rato. Quedamos, no obstante, en vernos la próxima vez en Huelva, que es donde viven normalmente, cuando vayamos por allí en un futuro. Entonces estaban parando en la casa de sus abuelos paternos.
Luego, nos vinimos caminando hasta casa, pasando por diferentes calles céntricas y peatonales, plaza de las Tendillas, el Templo de Claudio Marcelo, como gran resto arqueológico, y acabamos caminando por la larga calle Rey Fernando (donde antiguamente se ponía la feria de Córdoba, antes de que se sacase de las ciudades), hasta que llegamos a nuestro hogar en la plaza del Potro.


En el piso jugamos -a ratos- al pillar o al escondite, aunque también nos gusta mucho ver la tele y explorar jueguecitos del móvil (controladamente, siempre) durante estas vacaciones navideñas. ¡Ah!, y tirar los diferentes trompos de colores que ambos hermanos tenemos y nos habíamos traído a Córdoba en nuestras mochilas, para comprobar, con el cronómetro del móvil del ío, cuánto tardamos y cuáles son nuestras marcas de resistencia y duración rodando el trompo. Yo solo tengo dos: Mini avispón (rojo) y Turbo Fénix (violeta); pero mi hermano Abel tiene cinco, nada menos: Mini avispón (naranja), Cobra (naranja), Turbo Dragón (azul), Diamante (amarillo y verde) y Turbo Fénix (rojo). También nos gusta practicar los trucos o juegos que muchos de nuestros compañeros y amigos ya dominan de maravilla: la momia, el perrito, el cohete, la hélice o el helicóptero, la campana y la bailarina capuchina. Mi hermano va por delante de mí en este y otros temas, pero yo tengo un interés especial en imitarlo y alcanzar a dominar todos sus juegos y peripecias…


Nos lo pasamos muy bien (los dos hermanos), aunque siempre son inevitables los roces y choques de gustos o pareceres que, a veces, tienen que resolver mami o el ío, porque no hay manera de ponernos de acuerdo y nos ponemos demasiado empachosos y tontorrones…
Tras ese paréntesis de descanso y/o juego, salimos para pasear y explorar la ciudad de Córdoba, con el fin de visitar las iglesias fernandinas que pudiésemos (había once, nada menos), a las que podríamos entrar gratuitamente gracias a que teníamos la entrada a la Mezquita-Catedral de Córdoba para el domingo, cuatro de enero, a las diez y media de la mañana. Finalmente, contabilizamos esa tarde cinco visitas con profusión de contrastes, pareceres y fotografías por parte de todos, incluidos nosotros que ya sabemos cómo se maneja la cámara del móvil.

Visitamos cuatro iglesias por dentro. Primero, la de San Francisco y San Eulogio, que pertenecía al antiguo convento de San Pedro Real; pasamos a ver la inmensa Plaza de la Corredera que nos causó buena impresión. La segunda, fue la basílica menor de San Pedro que tenía restos de los santos mártires cordobeses, cuya vigilante de seguridad era sevillana, nacida en Puerta Osario. Estuvo muy simpática con nosotros al saber que veníamos de Sevilla.
La tercera fue la iglesia de San Lorenzo donde estaban tocando el órgano cuando entramos a visitarla y nos sentimos elevados hacia el Cielo. A sus puertas había una fuente con una copia del cervatillo surtidor que se descubrió en Medina Azahara; y la última fue la iglesia del Juramento de San Rafael que tenía un centro de interpretación sobre ella misma y un curioso patio cordobés. Quedamos los cuatro admirados de su grandeza y dimensiones. Todas tenían su Portal de Belén correspondiente, a cual más curioso, bonito y original. Solo vimos -por fuera- la iglesia de Santiago, que estaba cerrada, pero las fotos para inmortalizarla no faltaron por parte de todos, pues unas veces las echaba el ío y otras las reclamábamos nosotros, los chicos del grupo.

Se nos fue haciendo de noche casi sin darnos cuenta. Recorrimos calles y plazas nunca vistas por ninguno del grupo hasta que llegamos a los arrabales modernos de esta bella ciudad, por lo que volvimos a integrarnos en la Córdoba profunda y llana en busca de nuestro piso. Fotografiamos altares callejeros que demuestran la religiosidad popular que esta villa atesora aún. Hasta que nos fuimos a cenar pasando, una vez más, por la puerta de la famosa Taberna Santos que ya tenía unas colas impresionantes, por lo que desistimos de esperar para cenar. Nuestros pasos nos llevaron al afamado restaurante Casa Pepe de la Judería, en donde dimos buena cuenta de nuestra hambre y apetito degustando un plato de exquisito jamón serrano, la media de salmorejo y croquetas, el flamenquín para los niños, mientras que los mayores paladearon unas sabrosas alcachofas y un bacalao superior, en su punto, entre cocción y fritura, rematando la pitanza con dos tartas de chocolate a repartir entre los cuatro. Por lo contentos y satisfechos que quedamos todos repetiríamos comida en Casa Pepe y también nueva cena en Taberna Nº 10, por aquello de que “vale más lo bueno conocido que lo incierto por conocer”. A los cuatro lo que nos gusta hacer es turismo cultural, pero también culinario, saboreando los manjares más típicos o emblemáticos del lugar que visitamos.


En los múltiples paseos que nos hemos dado por la capital cordobesa hemos podido comprobar que se encuentra mucho más limpia y exenta de cacas y meadas de perros que nuestra querida Sevilla, pues en las calles céntricas, en las que nosotros vivimos, raro es el día que no pisas una mierda y te la llevas en las suelas de tus zapatos a casita… ¡Qué guarros e incívicos son algunos amos de las mascotas sevillanas!


El sábado, día tres, visitamos la pequeña sinagoga del barrio judío mientras llovía copiosamente, aunque antes pasamos por el patio de los naranjos de la Mezquita. Estaba llena de gente internacional que admiraba sus cuatro paredes y techumbre y los pocos adornos que tiene, entre ellos el candelabro de siete brazos judío, que nos causó impacto y sorpresa tanto a mi hermano como a mí. Aunque luego fuimos paseando por el entramado de callejuelas judías y llegamos frente al museo taurino que finalmente no visitamos, pues preferimos acercarnos al Zoco de Artesanos donde se encuentra la afamada A.C.A. (Asociación Cordobesa de Artesanos). Algunos estaban trabajando ante el público que los observaba y después nos pasamos por su tienda general en donde nos enamoramos de muchas cosas, todas tan bonitas y hechas con tanto cariño a mano, por lo que pudimos sacarle a mami que -finalmente- nos comprase dos pulseras muy chulas, una para mi hermano y otra para mí, aunque nos hubiera encantado que nos comprasen más artesanías preciosas de las que nos gustaban. Mamá se regaló unos pendientes muy bonitos (muy bien aconsejada por nosotros, sus hijos, y el ío) y el ío le compró otros pendientes hippies azulados (que es el color preferido de la ía) como recuerdo de este viaje. ¡Vaya si le gustó también a ella cuando volvimos a Sevilla y se lo regalamos!


Tras la comida, que la hicimos al lado de la Mezquita, en un restaurante afamado, descansamos un buen rato como sobremesa y aunque los niños queríamos permanecer en el apartamento más rato, al final, transigimos en ir de tournée turística buscando y visitando el Museo Arqueológico de Córdoba por sus intrincadas y limpias calles, que es tan afamado, especialmente por sus obras singulares: cerámica campaniforme, Joven danzante, Surtidor de fuente león y cría, Thoracata y Efebos Dionisíaco y Apolíneo. Mas lo que más nos impactó a mi hermano y a mí fue la Afrodita agachada a la que echamos muchas fotos desde todas las posiciones. La tarde estaba lluviosa y gris. Allí vimos a un compañero de Kindermundi y sus padres que también estaban visitándolo y habían venido con unos familiares.


Y llegó el domingo, día 4 de enero, que amaneció lluvioso, como algún día anterior. Teníamos una cita obligada: la visita a la Mezquita-Catedral de Córdoba, lugar súper importante que no nos podíamos perder y menos habiendo sacado la entrada mami con suma antelación para no quedarnos sin ella. Ese día madrugamos y sobre las ocho empezó nuestra jornada, pues teníamos que asearnos y vestirnos, desayunar en Hygge (como todos los días) e irnos a la mencionada visita que era la estrella cultural de estas mini vacaciones navideñas tan regaladas. Llegamos con tiempo (era a las diez y media la entrada, aunque nos dijeron que podríamos hacerlo a partir de las diez), por lo que volvimos a atravesar su patio. Nos fotografiarnos y aprovechamos para reservar la comida en un restaurante en donde ya, cuando los íos vinieron hace tiempo con las Amigos de los Castillos de Jaén, quedaron contentos. Se llamaba Restaurante Patio Cordobés. Tampoco nosotros quedaríamos defraudados con su comida y acogedor comedor y camareros…


Proseguimos haciendo fotos y comprobamos que había mucha gente de diferentes nacionalidades (se veía mucho turista oriental, sus rasgos faciales así lo delataban) deambulando por los alrededores y el patio de la mezquita y hasta dentro también. Al fin pudimos entrar media hora antes, a las diez. A pesar de mi edad y la de mi hermano (seis y diez años, respectivamente) quedamos muy impresionados de la inmensidad del espacio de este monumento internacional, con su descomunal patio de columnas tan originales y diferentes. Aquello era más que grandioso. Mi hermano quería ver unas cosas, yo otras y los mayores otras diferentes, por lo que hicimos una vuelta casi completa por todo el recinto musulmán y catedralicio, echándonos fotos a diestro y siniestro y a la multitud de estampas y postales que nos salían al paso. Cerca del mihrab había obras (y otras partes también; lo que nos recordaba a las calles de Sevilla que andan muchas -hoy por hoy- levantadas), pero pudimos hacer infinidad de fotos y ver su grandeza y originalidad. Hasta tuvimos que hacer larga cola en los servicios, pues en los momentos más claves nos suele dar el parto de ir a ese reservado. Comprobamos que no éramos los únicos que queríamos hacer pipi o popó…
Mamá, siempre tan versada en todo lo histórico y artístico, nos iba explicando -con mucha paciencia- todo lo que podíamos admirar, pues sabe de iconografía, historia y arte un montón, aunque nosotros (como casi siempre) teníamos prisa por terminar la visita y salir a la calle para fogar y potrear lo que se pudiese. ¡Somos niños, al fin y al cabo…! No obstante, resistimos hora y media, que para nosotros fue bastante, sacando en conclusión una sutil idea infantil aproximada de lo que habíamos contemplado en la penumbra de la sala de columnas y en la luminosidad y barroquismo de la catedral católica que, por desgracia, se cargó parte de esta construcción originaria en su mismísimo centro neurálgico…


Después intentamos sacar entradas para subir a su alta torre, pero ya estaban agotadas. Menos mal, porque el ío hacía un par de semanas subió a la torre de la iglesia de San Pedro de Sevilla y estuvo con unas agujetas impresionantes toda la semana. ¡Anda que si hubiera ascendido a esta torre que era mucho más alta y tenía más escalones…! Lo que sí oímos y grabamos en vídeo fue su musical volteo de campanas anunciando la misa, pues creo que merece la pena recordarlo cuando estemos en Sevilla.


Después de comer nos fuimos a casita y nos quedamos con el ío, porque mamá había quedado con su amiga Mariló, compañera de carrera en Granada, que tiene dos niñas casi de mi edad y vive en Córdoba. Nosotros nos lo pasamos estupendamente, pues alternamos lectura con juegos físicos y de entretenimiento (y porque no llevábamos el ajedrez u otro juego de mesa, que si no nos echamos los tres unas magníficas partidas, como hemos hecho, en nuestra casa sevillana estas navidades). Ellas (mami y su amiga) se lo pasaron muy bien, según nos contó mamá a la vuelta. Estuvieron en la cafetería del Corte Inglés hablando de sus recuerdos y emociones más entrañables y antiguos, de sus respectivos trabajos y de sus roles de madres atareadas en una sociedad como la nuestra que va velocísima y obliga hoy en día a la mujer a ser mamá todo el tiempo del mundo, ejerciendo -además- de sufrida trabajadora que gana su sustento y el nuestro.


Cuando ella volvió nos fuimos a recorrer nuevamente la Córdoba monumental más entrañable, que tanto gustaba a los mayores, aunque a nosotros algo menos, visitando nuevamente la plaza de la Corredera, tan bonita e inmensa, que ya conocíamos del día anterior y con el GPS nos aventuramos para ver algunas iglesias cordobesas más (fernandinas o no) y callejeando por sus históricas calles. Volvimos por el mismo camino que hicimos para conocer a nuestros amigos Andrés y Clara, pasando por la cuesta de la Casa del Bailío, llegando nuevamente al Cristo de los Faroles, al Santuario de Nuestra Señora de los Dolores y el Belén de los Capuchinos. Después visitamos dos iglesias: la de San Pablo, majestuosa y con doble portada, y la parroquia de San Andrés, donde empezaban a rezar el rosario solamente dos personas. Hasta pasamos por un paseo en que entrabas por una calle del casco histórico y salías frente a los restos del templo romano, con columnas restauradas y rodeadas de edificios modernos, muy bonito, por cierto, mientras llovía ligeramente sobre nuestros paraguas. Allí, a la salida, cogimos romero o tomillo para nuestros familiares más cercanos que estaban en Sevilla como oloroso regalo. Como quedaba tiempo hasta la cena visitamos la Real Parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos ya en el casco histórico del centro y, por fuera, la iglesia circular de la Victoria, que parecía el panteón romano.


Después nos fuimos a cenar a un restaurante cercano a casa, repitiendo menú nosotros dos, no así los mayores que aprovecharon la ocasión para diversificar y probar nuevos platos de verdura (como la alboronía cordobesa) y pescado (nuevamente bacalao confitado o de otra forma cocinado), compartiéndolos también entre ellos, además de apurar lo que nosotros nos dejábamos, como buenos anfitriones, haciendo bueno aquel dicho que se decía en la posguerra española en cualquier hogar: “En casa del pobre, reventar antes que sobre…”
El camino de vuelta a casita, al estar tan cerca, no fue como siempre lo hacíamos: subiéndonos por los aledaños, escaleras y estructuras pétreas que rodean la Mezquita, haciendo nosotros de fieles aventureros cual Indianas Jones e incluso incitando a mami y al ío para que nos imitasen y fuésemos cuatro los protagonistas gimnásticos de la mojada noche cordobesa.


La templada noche y el plácido descanso (ya que siempre nos acostamos temprano, siguiendo el buen consejo y la útil receta de mami, aunque, a veces, a regañadientes) hicieron que nuestras energías vitales se recargaran totalmente para que así, el último día de vacaciones en Córdoba y de vuelta, fuese todo lo bien que queríamos todos.
La última jornada de estancia (el lunes, cinco de enero) nos levantamos a las nueve, más o menos. Nos aseamos, preparamos maletas y adecentamos el apartamento para entregarlo en regla a las once como habíamos acordado. Desayunamos, por última vez (era la cuarta) en Hygge. Tanto mi hermano como yo estábamos bien enamorados de este local de comidas, desayunos y tentempiés con sugerente y extraño nombre nórdico-danés que significa lo que los cuatro experimentamos en los cuatro desayunos que hicimos.


A continuación volvimos a casa, antes de las once, para entregar las llaves del apartamento echándolas en el buzón blanco que había a la entrada del portal. El número secreto que servía para abrir automáticamente la puerta de la calle nos lo sabíamos de memoria, mi hermano y yo, desde el primer día… Lo hizo concienzudamente mi hermano y salimos prestos con los equipajes para hacer una nueva y pequeña tournée por la Córdoba más desconocida, buscando dos nuevas iglesias fernandinas fabulosas que en días anteriores no pudimos visitar ni localizar, siguiendo al GPS que Abel bien pilotaba: Santa Marina (como la parroquia que está cerca de nuestro cole en Sevilla) y San Agustín. La primera nos encantó a todos, pues su prestancia, su estupenda y acertada restauración, su superior altura y galanura eran destacadas y nos impresionó a todos. Comprenderán ustedes, amables lectores, que mi ío me sople de golpe frases tan bien hilvanadas como muchas de las que anteriormente he escrito y todavía redactaré.
La segunda iglesia (San Agustín) también nos gustó y sorprendió mucho a todos, pero lo que más nos llamó la atención fue la factura decorativa de yeserías que enmarca las importantes pinturas de Juan Luis Zambrano y Cristóbal Vela Cobo. Su hermosa y espaciosa plaza delantera demuestra a las claras que fue parte del monasterio de San Agustín.


A la vuelta pasamos por el famoso Palacio de Viana y aprovechamos para fotografiarnos ante él y beber agua fresca en la fuente que hay en su acera. Después seguimos caminando y fotografiando enclaves cordobeses destacados, especialmente el ío, hasta que llegamos a la estación Julio Anguita.
La vuelta a Sevilla la teníamos concertada con OUIGO a las 12:58, pero llegó con retraso como un cuarto de hora, aunque el trayecto a Sevilla lo hizo en media hora y a las dos menos veinte ya estábamos en Santa Justa. Quedamos extrañados de que los vagones fuesen de dos pisos, como los autobuses londinenses. A nosotros nos tocó abajo y fuimos muy serenos. Tuvimos suerte… El ío -que subió a la parte superior para una urgencia- nos contó que allí daba más mareo.


En nuestra ciudad hacía algo más fresco que en Córdoba y ya íbamos pensando en la rica comida que nos tenía preparada nuestra ía Margarita: bacalao dorado al estilo portugués que tan bien sabe cocinar y así poder calmar nuestra empedernida hambre canina.
Y así acabó todo. Nuevo viaje por Navidad cumplido y sin incidentes que reseñar; y que luego, cuando pase el tiempo, y lo volvamos a leer alguno de los que lo hemos realizado, especialmente nosotros, los niños, nos servirá de feliz recordatorio de estos felices días de nuestra infancia que se fueron entre las manos para nunca más volver…








Sevilla, 11 de enero de 2026.
Fernando Sánchez Resa
