En el continuo afán de confrontamiento que cotidianamente voy notando en nuestra encrespada sociedad, por lo que observo y me cuentan mis familiares y nietas más allegadas e inteligentes, siempre hay alguien que le interesa enfrentar a distintos grupos sociales de ella, amén de los políticos oportunistas, barriobajeros y belicosos que los padecemos a diario… Uno de ellos, y tan palpable, es el continuado contraste y la diferente pugna que hay (o se pretende) entre la adolescencia y la abuelescencia. Veamos.
La abuelescencia es una edad de oro, de mucho crecimiento personal y social, tanto para los dos sectores sociales y familiares implicados que tanto se influyen y se tocan: abuelos con nietos y/o bisnietos.
Hoy en día el ciclo vital de los seres humanos se ha alargado mucho. En mi juventud y adultez una persona mayor de 40 o 50 años era ya mayor, por no decir anciana. Actualmente, en cambio, te topas con viejitos, especialmente mujeres, que la vida y su naturaleza les premian con más dilatada longevidad, que blincan los 80 y hasta los 90 años, habiendo cada día más gente centenaria en todo el mundo y en España, en particular. Una de sus riquezas radica en tener el apoyo de la familia (aunque en cuanto la sociedad se hace más avanzada y occidental disminuye exponencialmente, buscando aparcarlos en las residencias de ancianos para que no molesten demasiado) y en el quehacer de los abuelos. Son ellos (cuando los dejan) los que llevan a cabo la delicada y semioculta transmisión transgeneracional. Lo hacen de forma simultánea (verbal y no verbalmente) mediante actitudes, creencias, tradiciones, formas de relación, estilos de vínculos, normas de comportamiento, lenguaje generacional, etc.
Yo, a mi manera y con mi parca sabiduría, he hecho y estoy haciendo todo lo que puedo para transmitir mi legado familiar y generacional. Por eso estoy escribiendo estas “vicisitudes de la vejez” de forma sincopada y pausada, cuando me llega la inspiración y tengo tiempo y ganas para ello.
Todos podemos recordar la potente y palpable huella afectiva y de conocimientos que dejaron en nosotros, tanto consciente como inconscientemente, nuestros abuelos, si tuvimos la suerte de conocerlos y tratarlos durante bastante años. Yo sí tuve la suerte de conocerlos y amarlos. Nunca se me olvidará ese genuino amor y celo por mí, su nieta del alma, y el que tuvieron con otros hermanos o primos míos, pues entonces las familias eran numerosas y los nietos los había a porrillo, no como ahora que bastantes componentes de estas últimas generaciones de personas mayores o de la tercera edad no tienen la suerte de ser abuelos (ni padres siquiera) y mueren sin ese consuelo que tanto nos vivifica a los que sí los tenemos y disfrutamos a diario durante muchos años. Una pena, pero es el pago en vacío que se recibe de una sociedad cada vez más centrada en el placer inmediato y buscando continuamente estar libre de cargas humanas, aunque, a veces, se cambien por múltiples mascotas o divertimentos varios o de diversa índole.
En contraposición y con muchos menos años, hoy en día, está la adolescencia que se sigue alargando y magnificando en exceso, dándole suma importancia, aunque realmente la tiene, y analizando continuamente lo que los padres y la sociedad están fallando en su educación y desarrollo. Pues, por lo que me cuentan, estamos dejando solos a los jóvenes en espacios tóxicos como son el bullying o acoso escolar (conducta agresiva, repetitiva e intencionada donde una persona humilla o agrede física o psicológicamente a otra aprovechando una desigualdad de poder, generalmente en el entorno escolar o digital) y la manosfera (una red de sitios web, blogs y foros en línea que promueven la masculinidad enfatizada, hostilidad a las mujeres, misoginia, y una fuerte oposición al feminismo). Es necesario regular el espacio digital para evitar la soledad de los menores, dialogando con ellos mucho más, mejor que reñirlos continuamente, pues la habitación no es un lugar seguro para el adolescente. Es preciso mirar sus Instagram, WhatsApp, Telegram, Tiktok o Discord, que son plataformas para adolescentes, pues es donde mejor se muestra la sociabilidad de los jóvenes, ya que continuamente la moldean. Lo que deja en evidencia la falta de autoridad en casa y en la escuela. Los padres están cada vez menos preparados para educar en esta sociedad cambiante y depredadora que nos están conformando unos y otros.
El problema es que estamos instalados en una gran mentira, pues los profesores hacen ver que enseñan mientras los alumnos muestran que aprenden; pero la gran mentira es que los estudiantes salen con las notas infladas, sin ser reales, pues los profesores los acaban aprobando para no tener problemas. Por eso se necesita más ética y menos pantallas.
Y por si fuera poco ahora llega la Inteligencia Artificial (IA) para complicarlo aún más todo, pues, en un futuro no muy lejano, un tercio de la población no va a trabajar; por eso, si esta gente está formada y tiene criterio va a haber un problema social grave. De ahí que los que mandan realmente prefieran tener una bolsa de gente que no trabaje, pero que no tenga criterio ni se queje…
¡Ah!, y mucho cuidado con el metaverso que es un universo virtual 3D, persistente e interconectado, donde las personas interactúan como avatares para socializar, trabajar, jugar y comerciar, fusionando lo real y lo digital a través de tecnologías como la Realidad Virtual (RV) y Aumentada (RA). Otro monstruo recientemente creado que nos atenaza…
Y para acabar el capítulo, un poco de humor por mi parte. Si hubiera reencarnación (que a lo mejor la hay), en otra vida me gustaría ser perro o gato de pareja occidental sin hijos y de clase media-alta. De cuántos problemas me libraría…
Sevilla, 14 de diciembre de 2025.-
Fernando Sánchez Resa
