¡Qué ilusión más grande tenía de que llegase el sábado, 17 de mayo, puesto que iba a ser el día más importante de mi corta vida, puesto que recibiría mi primera comunión en la bonita y remozada iglesia de Omnium Sanctorum de Sevilla! ¡Y llegó ese día mágico para que todos mis anhelos se hiciesen realidad…!
Toda esta aventura había empezado hace dos años cuando mis padres decidieron que yo comenzase mis clases de catequesis con otros ocho compañeros más: Jose, Álvaro, Adelaida, Daniel, Marcos, Martín, Luis y Águeda, para recibir -en un futuro no tan lejano- mi primera comunión, con la que yo estaba de acuerdo.

                                                                 

Han sido dos años intensos de catequesis en la casa parroquial de la bonita iglesia de Omnium Sanctorum, con nuestras dos queridas y amables catequistas, María José y Pilar, a quienes le estoy sumamente agradecido, como supongo mis otros compañeros y padres, pues han sabido despertar en nosotros esa aventura tan interesante y novedosa como es seguir el rastro y las huellas de Jesús, descubriendo su vida y su legado a base de juegos, dibujos, vídeos y una buena pedagogía de nuestras catequistas que nos han acompañado siempre, especialmente, el día de nuestra primera comunión. Uno de los días más importantes de mi vida que nunca olvidaré y que recordaré, como lo recuerdan y rememorarán -ese día- mis padres, abuelos, tíos, etc. Así me lo han contado más de una vez ellos, diciéndome cuánto se acordaban del día de su primera comunión hace ya bastantes años. Ha sido para ellos volver a revivir aquel día cargado de alegría y felicidad, con el suplemento espiritual de los años transcurridos con sus múltiples vivencias y experiencias…

                                           
Me ha contado mi ío (abuelo) la anécdota de una amiga suya, recordando la ilusión que ella tenía por ser buena siempre al recibir al Señor en su primera comunión, pues aunque siempre fue rebelde, “porque el mundo la hizo así”, como dice la canción de Janette, ella quería ser un ángel y estaba deseosa de que le salieran dos alas en su espalda. Por eso le preguntaba a su hermana mayor (que lleva ya unos cuantos años en el Cielo con Jesús, de lo buena que era), si ya le estaban saliendo y, ella, en lugar de decirle la cruda verdad (que nunca le iban a salir las alitas en su espalda), le dijo todo lo contrario. Tocándole los omóplatos le aseguró que tenía dos huesitos en los que parecían estaban creciendo ya sendas alitas… ¡A mí no me ha dado tan fuerte como a esa niña, pero sí he sentido algo especial en este día tan maravilloso de mi primera comunión!

                                                   
El día anterior nos habíamos confesado como los mayores y tras el sacramento de la reconciliación (como le llaman ahora, aunque siempre fue penitencia, según dicen mis padres y abuelos) nos esperaba comulgar el cuerpo de Cristo al día siguiente. Tuvimos la suerte de hacerlo bajo las dos especies, de pan y vino. ¡Fue una gozada!
La iglesia estaba limpia y preparada con los bancos correspondientes a cada niño o niña y su familia. Los siete magníficos que íbamos a recibir por primera vez a Jesús, en nuestra primera comunión (seis niños y una niña), nos reunimos -a las doce- en la sacristía con el cura párroco, que se llama Ginés, y, luego, salimos para la celebración de la santa misa sentándonos en el primer banco del lugar que tenía asignado cada una de nuestras familias en la iglesia, donde ya estaban nuestros familiares y amigos para acompañarnos en esos momentos tan importantes y asistir a la celebración religiosa, que tuvo muchas anécdotas, pero yo voy a contar una, la que me pilló más cercana. Fui mi hermano Saúl que, en la consagración, cuando el sacerdote elevó la hostia sagrada por encima de su cabeza, estirando sus brazos, al verla, exclamó, oyéndolo todos los que estábamos cerca: «Es gigante…»
El cura estuvo muy ameno y cercano a todos nosotros durante toda la Eucaristía, nombrándonos uno por uno por nuestro nombre de pila. Hasta la predicación nos la dedicó para que entendiésemos el paso tan importante que estábamos dando y que lo recordásemos durante toda nuestra vida, pues al igual que a nuestros abuelos se les caían las lágrimas recordando su primera comunión hace un porrón de años, el sacerdote dijo que a nosotros nos pasaría igual que a ellos, cuando llegase el momento de ser abuelos agraciados, con la comunión de nuestros futuros nietos. Nos regaló a cada uno la cruz bendita de madera que ya luce en nuestra mesita de noche o espaldar de la cama, para rezar todas las noches por nosotros y toda nuestra familia y amigos, con el fin de que tengamos salud, trabajo y vivamos en paz, al igual que queremos que les ocurra al resto de niños en este agitado mundo en el que el hambre, la violencia y las guerras no cesan nunca, por desgracia…

                                                                   
Mi tito abuelo, una vez acabada la celebración, ya en el convite en el restaurante italiano Terracota, quiso cambiarme la cruz de madera bendecida que me había regalado el cura por otra de oro que llevaba en su pecho. Pero no transigí pues, aunque valiese económicamente mucho más la que me ofrecía, yo no la quise cambiar ni la cambiaré nunca por nada en el mundo… Y eso que insistió bastantes veces.

                                                                           
Antes de la misa estuvimos recibiendo, en la puerta de la iglesia mudéjar Omnium Sanctorum, a nuestros familiares y amigos y echándonos muchas fotos, todos vestidos de gala, especialmente yo (y mis compañeros), pues había dos fotógrafas y un señor que nos hizo vídeo de toda la celebración eucarística, inmortalizado ese día para siempre, mientras los que asistimos vivamos, al menos.

                                                           
El coro que vino de Estepa, donde el cura había estado de párroco 17 años, creo, fue todo un detalle y una gozada, pues si contentos y felices estábamos porque Jesús venía a nuestro encuentro, los alegres y bonitos cantos litúrgicos nos hicieron elevarnos sobre la tierra, por momentos, como si estuviésemos ya en el Cielo viendo a Dios…
Después, marchamos cada uno de los primeros comulgantes a distintos restaurantes y lugares de Sevilla para hacer una opípara comida que nos satisfizo en demasía. Fue tanta la abundancia en Terracota que hasta sobraron platos, alimentos y postres que mis padres prefirieron, en lugar de que los tirasen, llevárselos en fiambreras y comérnoslos nosotros a lo largo de la semana siguiente. No era de recibo tirar comida con el hambre que hay en el mundo…

                                                                       
Yo recibí montones de regalos que mi madre se había encargado de sugerir (libros, mangas a porrillo, juegos de La Liga, dinero, etc.) en lugar de los videojuegos o tablet en los que yo estaba empeñado en un principio. Luego me he alegrado de que mi madre recondujera los regalos de amistades y familiares para que las pantallas no me esclavicen tan pronto…

Mi ía Margarita tuvo el detalle de regalarme un caja preciosa y amplia para guardar mis cosas preferidas, hecha por ella, (como siempre hace en todos los eventos importantes o celebraciones desde que mi hermano y yo nacimos) pues tiene unas manos inigualables para los trabajos manuales, además de elaborar más de cincuenta llaveros de fieltro para regalar a cada uno de los invitados a mi comunión, amén de a otras amistades que se lo merecían.

                           

                                 

Llegué al restaurante vestido de gala; menos mal que mi madre me cambió la parte de arriba y me puso una camiseta, pues así no pasé calor y pude jugar más suelto con los doce amigos y amigas que me acompañaron.
Lo que más nos gustó a todos, además de los dos platos del menú elegido por mis padres, es que pudimos elegir dos helados por persona (en lugar de uno como estaba apalabrado) y estuvimos jugando con la pelota y un juego que me regalaron los titos Jesús y Juani, que nos tuvo a todos súper entretenidos. Tanto es así que ni nos peleamos, cosa rara entre tanto crío…
En fin, pasé un día muy feliz y bonito porque Jesús estaba en mi corazón, aunque tampoco era despreciable la cantidad de regalos y dinero en metálico que recibí y luego metí en mi cartilla, para ir teniendo buenos ahorros para cuando sea estudiante o mayor y pueda tener una ayudita que nunca viene mal.

                           
¡Ah, todavía no me he presentado: soy Abel, tengo 9 años; soy sevillano y mi querido cole se llama Huerta de Santa Marina…!
También me han recordado mis abuelos y padres la suerte que he tenido haciendo la primera comunión, pues de mi clase solo hemos sido tres: Álvaro, mi amigo Jose y yo, mientras que en las clases de mis abuelos y padres todos los alumnos de la clase lo hacían el mismo día y se ponían las parroquias de bote en bote, o sea súper llenas. Ahora, con el laicismo creciente de nuestra descreída sociedad, esto de hacer la primera comunión es una heroicidad casi como le pasaba a los primeros cristianos de las catacumbas (me apunta mi ío).
Desde luego los dos regalos que más me han gustado han sido el de la maquinita de jugar, que puedes alcanzar mucha puntuación; y el viaje que haremos a Toledo cuando acabemos el curso escolar, invitados por el tito Emilio y la tita Mónica para estar un fin de semana súper guay viendo y disfrutando del espectáculo de moros y cristianos, en Puy du Fou, toda la familia nuclear, antes de que entren las vacaciones del verano. Espero pasármelo muy bien con mi hermano, mamá, titos y abuelitos. Estoy deseando que acabe el curso para que llegue ese momento…
¡Muchas gracias, Dios, qué bueno has sido conmigo dándome a esta familia que tanto me quiere y me mima! Espero poder corresponderles en todo momento haciéndome una persona de provecho y agradecida cuando sea mayor…!
¡Muchas gracias, Jesús, por haberme proporcionado ese día tan feliz e intenso y por proponerme que cada día sea mejor persona y agradecida a Ti y a todas las personas que me rodean…!
¡Un abrazo para todos; que haya paz en el mundo y que ningún niño pase hambre o calamidades…!


Sevilla, 21 de mayo de 2025.
Fernando Sánchez Resa