Hoy voy a ir enlazando vivencias, apreciaciones, proverbios, quejas, elucubraciones y todo lo que me venga a la mente para hacer una fotografía deslavazada del estado actual (psico-físico) en el que me encuentro.
Empezaré por desvelar la ausencia, tiempo ha, de la punzada del sexo, puesto que ya -a mi edad- hasta se me ha olvidado y no tengo apetencia ninguna por ello. Desde siempre me he sentido más incitada a la gula que a la lujuria, aunque ahora todo ha declinado… No me pasa como a los hombres, en general, que con su testosterona continuada no son capaces de controlarse de esa llamada tan locuaz, compulsiva y constante que arrastran durante toda su vida, incluida en la andropausia… Si entramos en honduras en ese tema tengo que reconocer que no he sido una mujer ardiente de las que nos cuentan en las películas y novelas de ahora y de siempre, nada más conocerse la pareja se van a la cama en un plis-plas. Antes entendíamos el amor de otra manera, en el que iba incluido el sexo por amor no el sexo por lujuria continuada. En fin, han cambiado tanto los cánones de ese asunto que ya ni me reconozco. Esa punzada del sexo la tenía atenuada cuando era más joven, ya de vieja anda dormida y casi olvidada por los siglos de los siglos.
De hecho, conforme se va envejeciendo cómo se van amortiguando, aminorando y menguando todas las facultades y potencialidades físicas y mentales. Estoy en la edad que me duele todo: los huesos, los músculos, las piernas, la espalda, la cabeza…, hasta el alma. A cierta edad todo es dolor, lamento y suspiros. Creo que es mejor preguntarme qué no me duele para contestar más escueta y acertadamente…
Recuerdo cuando la gente se confesaba masivamente con el cura de la parroquia, aunque ahora ha decaído esa costumbre. Entonces parecía que no había nada más que el pecado de la carne, ahora ya ni eso. Una anécdota que viene al pelo. Yo, de pequeña, cuando estudiaba el catecismo memorizaba que había tres peligros pecaminosos para el alma: el mundo, el demonio y la carne. Comprendía los dos primeros, pero el tercero no llegué a entenderlo en su justa medida hasta siendo más pollita lo viví en propia carne, nunca mejor dicho.
Y aunque parezca secreto de confesión, pues no lo es, el sacerdote siempre me aconsejaba o pedía que aunque no me apeteciese hacer el sexo con mi marido debía cumplirlo siempre argumentándome el débito conyugal que era de obligado cumplimiento en aquellos tiempos, según él… Aunque siempre las mujeres hemos sabido, cuando no queríamos de ello, echar la manida excusa del dolor de cabeza, la regla o cualquier artimaña legal o imaginaria… ¡Cuánto ha cambiado la vida en ese tema y en otros muchos!
Los jóvenes de hoy, occidentales principalmente, desde la liberación sexual con la píldora y otras yerbas, amén de las nuevas costumbres importadas de Norteamérica, especialmente, hacen lo que les da la gana sin temor al embarazo no deseado ni al contagio… Ahora se lleva hacerlo cuando quieras, con quien quieras y donde quieras y, además, si luego lo cuentas y documentas, miel sobre hojuelas. Hasta puedes escribir tus memorias en tu vejez relatándolo todo y te llamarán artista y te forrarán de oro, saliendo tus fotos y palabras en papel cuché… ¿O no? ¿Quién sabe? Parece como si viviésemos ya el fin de los tiempos o el Apocalipsis anunciado del cristianismo…
Mi marido (que en paz descanse, como se ha dicho toda la vida; ahora esa costumbre se ha perdido en esta nuestra sociedad tan súper laica…) era muy amigo de decir proverbios cada dos por tres, por eso ahora me vienen a la memoria unos pocos de los que tanto él usaba como chorizos entrelazados que pueden venir al pelo de todo lo que estoy contando en este capítulo. Ahí van:
“Tiran más dos nalgas en lecho que bueyes en barbecho”. “Tiran más dos tetas que dos carretas”. “Se asustó la degollada de ver a la muerte tan desgreñada”. “Más vale patada de mula que cabalgada de caballo inglés”.
Saltando a otro tema quiero contarles el desgarro emocional que he sentido -tan grande- con la venta de mi casa de toda la vida. Cuánta ilusión, dinero y energía pusimos para construirla mi marido y yo y a la vejez la vendimos para mudarnos a un piso, con el fin de estar más recogidos y no tener tanto que trajinar y limpiar, especialmente yo que, como mujer, me tocó la china de ejercer esas labores propias de mi sexo, como se decía antes hasta en los documentos escritos. ¡No he esperado a morirme para experimentarlo…!
Y comprobar el robo a mano armada que supone tener que ser el estado o hacienda el principal ganador patrimonial, pues es un charco financiero particular en el que todos mojan y obtienen pingües beneficios: ayuntamiento, inmobiliaria, comunidad autónoma, estado, etc. y, mientras, algunos políticos robando a manos llenas, dando mal ejemplo a la ciudadanía de a pie. Es vergonzoso comprobar que por más leyes anticorrupción que creen y aprueben más se las saltan a la torera como hacían los chicos de mi edad cuando jugaban a saltar el burro o pídola… ¡Da igual el color político del ladronzuelo…!
Por eso a mi edad he sacado una conclusión, aunque ya llega tarde, por cierto: es un engaño juntar patrimonio pues hay que pagar muchas aguas, basuras, IBIS, PLUSVALÍAS, declaraciones de renta… para engordar al estado, ayuntamiento o comunidad autónoma, ya que cuanto más compras y/o vendes patrimonio más caldo económico proporcionas para que mojen en tu sopa boba mucha gente…
De todas formas los políticos y sus adláteres nos han metido un miedo cerval a la población civil desde la pandemia de la COVID, especialmente, lo mismo han hecho con la lluvia, el sida, la gripe, etc., pues en cuanto caen cuatro gotas ya nos tienen asustados, aherrojados y encerrados en nuestras casas por motu proprio, puesto que las informaciones que nos dan continuadamente nos advierten y asustan en demasía…
También nos dicen abierta o sibilinamente que viajar es lo mejor del mundo o que gastar todo lo que puedas es súper guay, puesto que vivir son dos días; todo con tal de atraparte y caer en sus redes de consumo y atontamiento…
Sevilla, 16 de diciembre de 2025.
Fernando Sánchez Resa
