Década de los cuarenta: en un pueblo de cuyo nombre (Villajara) el narrador quiere acordarse a pesar de que ya no exista con ese nombre (se trata del actual Villanueva de Córdoba), cada tarde un niño cumple el ritual de pasear con el abuelo ciego. Paulatinamente, los ojos del niño lazarillo anónimo—que es sin embargo el «yo» de la narración— traspasan las apariencias pacíficas asumidas por las costumbres del pueblo y su mirada curiosa e indagadora no tarda en revelarle el horror subyacente de la reciente guerra civil, a través de imágenes y acontecimientos que ya nunca dejarán su huella en su perspectiva y, por consiguiente, en la nuestra como lector al adoptarla.

Década de los cincuenta: el narrador-personaje estudia en un colegio de los Padres Jesuitas en Úbeda. Al distanciamiento geográfico con el pueblo de origen parece sumarse una fractura interna a su personalidad ya que ahora se dirige a sí mismo en segunda persona. Crece en él una aguda conciencia de la teatralidad inherente a la identidad humana en todos los contextos en los que se deberían establecer relaciones profundas: en la religión, en la educación, en el deporte y, sobre todo, en las amistades. Sobre la base narratológica escogida, el relato proporciona numerosos episodios y anécdotas que componen un cuadro testimonial fidedigno de la época.

Década de los sesenta: narrador y personaje ya están separados por el uso de la tercera persona. Al personaje se lo menciona ya mediante un apellido con inicial de nombre. A. Lara está en Fribourg (Suiza) donde combate con las circunstancias adversas en las que cualquier español inmigrante se encuentra en aquella época. A pesar de las condiciones socioeconómicas difíciles, los años estudiantiles aparecen como un período de solidaridad entrañable entre los inmigrados. Todos los acontecimientos históricos contemporáneos (mayo 68, la revolución sexual, …) se traducen en las vidas de los múltiples personajes convocados bajo la siempre tierna y atenta mirada del narrador.

Tres moradas, tres lugares, tres personas verbales, pero una es la mirada profundamente compasiva que no deja nunca de interrogarse sobre lo que nos une a pesar del tiempo, de la historia y del espacio que, de alguna manera, siempre tienden a separarnos. Y uno termina de leer pensando que quizás nuestra humanidad estriba justamente en conseguir mantener una mirada profundamente literaria sobre lo que nos acontece a fin de sentirnos en cada momento autor, narrador y personaje de nuestra vida.

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